(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

sábado, 24 de mayo de 2014

Pampa

Extraña la forma en que uno siente, a veces. Hoy me dolió el pecho todo el día, más de lo que tenía derecho a doler. Lloré casi con vergüenza, cuando pude, cuando me lo permití, ocultando la cara de quien realmente tenía derecho a llorar. 
Ailén (vaya sorpresa mencionarla) escribió que sabe lo que es perder a una amiga. Nunca leí a nadie que lo describiera de mejor forma; bah, probablemente sí, pero en este momento no lo recuerdo porque cuando es uno el del dolor simplemente parece como si nunca nadie hubiera pasado por algo similar, como si nunca a nadie le hubiera dolido tanto. Pues bien, hoy se fue una amiga. Por la puerta de atrás, del modo menos pensado, en un acto completamente impensado para mí hasta, quizás, ayer. Se murió el ser que más feliz se ponía al verme, y eso que en este año y medio ni siquiera nos vimos demasiado. Se fue mi representante en esa casa a la que no puedo entrar y que hoy odié más que nunca por dejarme completamente impotente, incapaz de hacer nada para apagar un dolor ajeno casi palpable. 
Se fue, y lo sentí como si hubiera sido yo la persona a quien ella despertaba todas las mañanas y recibía todas las noches. Aún no puedo creerlo, realmente no, y cuando intento entenderlo el panorama me parece tan sombrío, tan terrible, que casi prefiero mantenerme en este limbo escéptico. Claro, eso me convierte en alguien completamente inútil: por primera vez en mi vida, no sé cómo consolar a alguien, porque también yo estoy un poco desconsolada. Justo, justo cuando más necesario era.
Qué injusticia, dijo M. entre sollozos en algún momento. Qué locura, pensé yo. Sufrimos, aprendemos a sufrir con la muerte de nuestros seres queridos, experiencia inevitable porque somos seres sociales, nacemos en familias y necesitamos crear lazos y vivir vinculados al otro. Necesitamos al otro. ¿Pero, esto? Esto lo elegimos, sabiendo que va a pasar, una y otra vez. Voy a una veterinaria, a un refugio, o voy por la calle y encuentro, o viene una amiga, un hermano, un padre; de repente, tengo una mascota. Y sé que la voy a amar, casi más que a cualquier cosa porque nada se compara con la pureza de su amor. También sé que seguramente va a vivir menos que yo. Es más, es probable que uno ya haya pasado por la traumática y dolorosísima experiencia de perder a uno de estos amigos. ¿Por qué someterse nuevamente a esta tortura? Qué locura, pensé yo. 
Entonces, la pregunta se respondió sola. Chau, hermosa. Gracias por tanto amor.