Qué tristeza habernos convertido en este país de facciones fanatizadas con cerebros de adorno, clones analfabetos completamente imposibilitados de hacer algo más que repetir información falsa y tendenciosa que otros ya han digerido (mal, con mala fe) por nosotros. Individuos irascibles con la bronca a flor de piel, sacando lo peor unos de otros con cada teléfono descompuesto, con cada chicana. Con más ganas de ver al otro humillado y hundido en la peor de las suertes que de que a uno le vaya bien (porque, claramente, el malestar del otro y el bienestar de uno son dos extremos irreconciliables).
No sirve buscar responsables. No importa quién empezó, como bien saben los buenos padres. Atrás quedaron los días de la legendaria solidaridad y sociabilidad argentina. Solo nos queda un grupo de individuos que ni siquiera es grupo; un conjunto de gente que no se cansa de considerar toda otredad como infradotada.
Qué tristeza ser parte de todo eso. Qué tristeza seguir siendo cuarenta millones de provincianos que no nos cansamos de comprar buzones. Qué tristeza relegar nuestras convicciones o, peor aún, permitir que nos manipulen en nombre de ellas. Qué tristeza tener tantas ganas de creer en algo que se termina creyendo en cualquier cosa. Qué tristeza la falta de autocrítica. Qué tristeza no zafar (o zafar solo ocasionalmente, cuando la adrenalina nos permite una pausa para ir a las fuentes). Qué tristeza todos los que alimentamos a la bestia en uno u otro momento.
Cuánta vergüenza, propia y ajena.

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