Hace casi dos años me vi en la profunda necesidad de ayudar a una amiga. No era la primera vez que veía a alguien sumido en la completa desesperanza, pero sí era la primera vez que sentía que podía hacer algo al respecto. El problema era qué.
Luego de mucho tiempo de ensayar charlas existenciales y planes descabezados, caí en la cuenta de que todo lo que yo pudiera hacer sería poco si los muchos momentos de soledad seguían siendo la tortura que representaban. Llegué a la conclusión de que era necesario algo de ayuda extra, algo que permaneciera cuando yo no pudiera estar (o cuando se me acabara el crédito del celular, jeje).

Mi primer impulso fue regalarle una copia de "El Principito", de Antoine de Saint-Exupery. Por alguna razón (por Rory, con toda seguridad) ese libro ya se había convertido en una especie de símbolo de amistad en mi cabeza, y lo consideré apropiado hasta que me di cuenta que mi amiga odiaba leer. Pensé entonces en qué otras cosas que pudieran hacerle bien, pensé en que teníamos en común el amor por la música, así que decidí regalarle "August and Everything After", de Counting Crows. El plan hubiera funcionado a la perfección si hubiera podido conseguir una copia original del álbum, que ya no se produce y hay que importar.
Sin embargo, esos dos elementos ("El Principito" y "August and Everything After") quedaron casi inexplicablemente ligados en mi cabeza, como una especie de receta mágica para el alma herida. Y es raro, porque no creo que haya forma de leer el libro de Saint-Exupery sin llorar, y las letras de Adam Duritz son muchas veces tan certeras como dolorosas. La explicación quizás esté en las contradicciones de un verbo como sanar, que a veces requiere padecer el más profundo de los dolores. Después de todo, cuando los huesos sueldan mal hay que romperlos, cuando el tejido muere hay que quitarlo, para que las heridas cierren hay que limpiarlas.
Hoy releí "El Principito" mientras escuchaba por tercera vez en menos de doce horas éste álbum descomunal (voy por la sexta). Por primera vez se me ocurrió que la redacción no es brillante y la narración tiene momentos de arrogancia totalmente injustificados. Es, claramente, un libro para quien se acerque con corazón sencillo: el crítico podrá despedazarlo fácilmente desde la técnica y la lengua, pero jamás podrá percibir aquello que lo hace especial. No sé cuándo llegó a mis manos, pero sí sé cómo: mamá me regaló el ejemplar que tengo en la biblioteca, y las únicas veces que me he separado de él ha sido porque alguien lo necesitaba más que yo.
La historia es simple y las metáforas podrán ser imprecisas, pero para mí el mensaje es claro y golpea con fuerza. Odio los clichés y aquí se puede caer en miles de ellos fácilmente; frases armadas y repetidas hasta el cansancio. Sin embargo, en los momentos difíciles, cuando nada parece tener sentido, me es útil recordar que finalmente "gano, por el color del trigo"1.
Algo similar ocurre con el disco, lanzado a principios de los '90. La banda no marcó un hito, no inventó un nuevo estilo musical, no revolucionó la industria a gran escala. Y quizás ese sea el mayor mérito del álbum: no es pretencioso, no exagera. No hay instrumentos extraños, acordes innovadores, letras que llamen a la crítica social, ni nada que se le parezca. Todo es sencillo, y por eso es complejo: no hay nada más difícil que expresar sentimientos con claridad y agudeza.
Eso es August and Everything After: sonido limpio, verdades simples. Cada canción golpea y hace sangrar, de una u otra forma; todas limpian, todas purifican. El conjunto funciona como un todo y los hilos que unen son a veces tangibles. En más de una ocasión las imágenes son demasiado vívidas y uno termina susurrando "Shhh, I know, it's only in my head" mientras cierra los ojos...
"Mr. Jones" es definitivamente el track conocido, pero cada canción tiene momentos memorables que varían de acuerdo al oyente y la situación. "I wanna be Bob Dylan", canta Adam, y me parece injusto tirar una comparación con el viejo, pero escucharlo es arriesgarse a descubrir que hay algo adentro que duele, y mucho. "It's 4:30 A.M. on a Tuesday, it doesn't get much worse than this... In beds in little rooms in buildings in the middle of these lives which are completely meaningless..." dice "Perfect Blue Buildings", y lo raro de todo esto es que esa misma lírica que te desgarra desde adentro se combina magistralmente con la música que no permite que el sufrimiento sea vano. Es reconocer la realidad para asumirla, pedir ayuda, cambiarla.
"Anna Begins" es quizás el momento cumbre de la paradoja. Es muy probable que la primera vez que escuché la canción no me haya gustado, pero se ha convertido en mi canción de amor favorita. La música es tan representativa de la letra, de la historia que juntas cuentan, que es perfecta.
En éste momento estoy escuchando el álbum por séptima vez en veinticuatro horas. Podría hacer un post citando mis partes favoritas de cada canción, pero acabo de darme cuenta que es casi imposible. ¿Cómo explicar lo que siento cada vez que escucho "She's been dying, and I've been drinking" en "Rain King"? Mucho de lo realmente significativo cobra otro sentido cuando se lo escucha... las armonías de "Sullivan Street", el bajo de "Ghost Train", la mandolina en "Omaha"...
Hay sonidos y letras más complejas, más ricas, más crudas, más viscerales... Pero cuando dudo de mí misma y me siento realmente miserable, por alguna razón siempre termino preguntándome "three thousand five hundred miles away, but what would you change if you could?"
Después de todo, he ganado por el color del trigo.


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