(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Cuentos Urbanos

El colectivo de la medianoche debería tener al menos su propia serie televisiva.
Salí de lo de Jime en busca de la parada del 571, fundada en indicaciones vagas. Luego de 20 minutos de espera, finalmente llegó y subí con mi mejor sonrisa de "realmente no sé si ESA era la parada, pero gracias por frenar". El colectivo estaba bastante lleno a pesar de la hora, así que me ubiqué en el segundo asiento individual sin dejar de notar que la señora que se encontraba sentada detrás me miraba feo. Bastante. Decidí no prestarle atención, porque 1) ponerme a mirarla fijo con cara de pocos amigos, como ella estaba haciendo conmigo, me pareció de mala educación, y 2) en realidad no podía hacer otra cosa.
Diez minutos después, desde el ringtone de un celular, un muchacho de dudosa reputación me avisabe en un inglés sospechoso que sabía que yo lo deseaba. Me gusta esa canción, confieso haber buscado el video en YouTube, pero como ringtone... no. La cuestión hubiera quedado ahí, en una mera diferencia en apreciación musical, si la señora no se hubiera empeñado en mantener la conversación al lado de mi oído.
- ¿Te conozco? - Preguntó, y no pude evitar seguir escuchando. - ¿Vos me llamaste hace un rato? Voy un poco tarde, me estoy arreglando.
Pausa prudencial.
- Estoy yendo para ahí, esperame en la esquina de Tucumán y Gascón... - y más me interesó la conversación, porque la Baticueva 2008 se encontraba a sólo una cuadra de allí. Pensé en todo lo que había vivido en ese lugar, y el recuerdo de un personaje fugaz de una madrugada de junio comenzó a rondarme la cabeza. El colectivo dobló en Buenos Aires y aceleró. Rogué que la conversación terminara antes de que la mujer tuviera que bajarse; no faltaba mucho.
- Esperame ahí, - repitió - si querés hacer algo vamos a tu casa o sino a un hotel, más tranqui.
Sonreí, incrédula. Cuatro cuadras después, justo en la esquina del cotillón, se paró e hizo señas al chofer para que se detuviera. La miré: llevaba el mismo pantalón que yo, y zapatillas muy parecidas a las mías. Casi me dio pena verla irse.
Debería haberle mandado saludos a María Celeste.

3 comentarios:

Edgardo G. dijo...

Me encantó lo que escribiste y cómo lo escribiste :)

Eu dijo...

Jejeje, gracias Ed. True story U.U

Felices fiestas!!

Mariano Magnifico dijo...

Jajaj simpatiquísimo!!