Tejía, sin importar que las manos (el cuerpo) se le hubieran rebelado mucho tiempo atrás.
-Cuando murió mi abuela- dijo, -mi abuelito comenzó a pasar más tiempo en su taller. Allí tenía un calendario, y el mismo día que falleció ella, comenzó a marcarlo. Una cruz por cada día que pasaba.
Levantó la vista del tejido, estiró la lana y me sonrió, como si supiera.
-Falleció un mes después, el día de Navidad, de tristeza y corazón roto.
Asentí, despacito. No me costó nada creer que compartíamos esos genes.
miércoles, 4 de mayo de 2011
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