(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

lunes, 26 de enero de 2009

Things We Lost In The Fire

Accomodation, meaning negotiation y todas esas cosas que uno ha estudiado a nivel lingüístico cuando de repente resulta que tienen una aplicación práctica y son – ¡oh, sorpresa! – útiles, de alguna forma. Todas esas cosas que entran en conflicto se quiera o no, cosas que me son tan extrañas como incipientes. La desconexión, la indolencia, la indiferencia, y la rebelión contra las tres que se presenta como una especie de versión bizarra del castigo a Prometeo.

Que el único hogar sentido sea el pasto del patio de atrás, o el asiento del acompañante (y dentro de poco no me quede ni eso). Amar Tandil, extrañar Mar del Plata, pero querer irme y nunca mirar hacia atrás (yo, que siempre sentí más la tierra que a las personas). Este no ser, nunca ser, y ser por demás. La necesidad de encontrar reciprocidad en aquellos que ni siquiera pueden percibirme, percibirse, una especie de “Alcoyana-Alcoyana, Capri-Capri” existencial que es totalmente utópica. La urgencia de llevar un cartel luminoso que diga “mirame, mirame, mirame, mirame”, soy esto y no esa imagen tan rara que tenés en la cabeza, ¿por qué no podés verme, a mí?, o mejor, ¿por qué no querés verme?

Conozco gente que vive con las puertas de su vida abiertas de par en par, esa gente a la que es imposible no amar. Algunos, esos que me duelen, me tocan timbre a veces pero nunca entran: me sacan y me arrastran (muchas veces voy sin chistar, admito, otras tantas yo misma me arrastro hasta allá esperando que las cosas sean diferentes), me sientan en su living y después pretenden ignorar todo lo que tienen a su alrededor (se sorprenden, a veces, cuando uno menciona cosas que ha visto adentro – y nunca ni un mate, je). A veces me tocan timbre y se quedan parados en la puerta; yo los invito a pasar (siempre invito), a veces les cuento qué hay adentro (pero hay cosas que sólo pueden verse, tocarse, no contarse), pero cuanto mucho se quedan en el umbral y miran desde afuera. ¿Pasar? ¿Para qué? Pero uno intenta una y otra vez que vean cuánto de su propio interior hace juego con el otro, y cuánto se complementan, sin aceptar que quizás el otro simplemente no está interesado.

Nunca leí El Quijote, no sé si alguna vez lo haré (quizás algún verano cultural, como ese que me atacó Calderón de la Barca y desde entonces la vida fue sueño), pero me gusta esa imagen de los molinos de viento. Por ahí la idea de las causas perdidas me atrae tanto porque precisamente no creo en ellas. Probablemente estoy destinada a chocarme una y otra vez contra las mismas paredes, la misma indiferencia disfrazada de premura a veces, de ocupación y preocupación otras tantas. No me asusta ni me preocupa eso, la mayor parte del tiempo puedo (sobre)vivir con y a pesar del desinterés de los demás, creando excusas por el otro (cuando duele demasiado) o simplemente haciendo la mía (lo cual es mucho mejor). Esa es la persona que elegí ser, y no es fácil pero sí es mejor que cualquier otra cosa que haya intentado ser. Pero sí me desvela el efecto contagio: descubrir que de a poco me traicioné convirtiéndome en uno más. Después de todo, según Tocqueville, los hombres amamos tanto la igualdad que preferimos ser iguales en la esclavitud que diferentes en libertad…

Pero ¿cuán libre se es cuando se vive con la profunda impresión de ser conocido de segunda mano en la vida de las demás personas, una especie de “franquero” que corre de un lado a otro tapando baches o ubicándose y reubicándose donde haya espacio que sobre, y que es apreciado sólo por las ausencias de otros y nunca por sí mismo? Tengo la necesidad imperiosa, profunda e inequívocamente egoísta de sentir como mío algo, a alguien (y ni siquiera en sentido romántico). Claro que muchas veces lo único que hace falta es paciencia – la mayoría de las veces somos nuestro propio y más grande molino de viento, quienes obstaculizamos el proceso de identificación y reciprocidad, que es más delicado todavía porque no todos encaramos las cosas “head first” y cada uno tiene su tiempo, valga la redundancia. Sin embargo a veces el vacío es tan grande, y el riesgo de insensibilizarnos como forma de autodefensa es tan real…

El sentimiento de vivir de las migajas que caen de platos ajenos es deshumanizante, pero quizás esta testarudez de encapricharse con aquellos que precisamente no pueden darnos lo que queremos sea lo más humano del mundo. Después de todo, la mayoría de nosotros vivimos por y para aquellos que peor nos tratan (sí, es un asco).

---
ETA: Esto resultó de una noche de Octubre, creo, en un momento particularmente raro del cuál me sacó una llamada telefónica bien puesta ("no entendiste nada", aunque en realidad yo había entendido técnicamente bien pero las cosas no eran tan sencillas). Quizás la reflexión sea esa misma: técnicamente cierto, pero las cosas no siempre son tan simples. Después de todo, el post que le siguió fue Eso...

No hay comentarios: