(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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viernes, 4 de diciembre de 2009

Modelo para armar

Amar.

Ya he repetido hasta el hartazgo que no soy una persona que extrañe a, bueno, personas. Nunca comprendí bien por qué, pero siempre me fue más fácil apegarme a lugares; quizás éstos se me hayan hecho más constantes, más fieles, más merecedores de mi nostalgia. Quizás uno comienza a extrañar a las personas cuando siente que ha logrado apartar un lugar para sí dentro del corazón de ellas. Uno extraña en función de aquello a lo que se arraiga. Quizás mi arraigo es en función de aquello que siento como propio. Mi lugar, mi querencia.

Y quizás este sentimiento particular tenga que ver con la pertenencia, y todo lo que ello implica. Al fin y al cabo, uno siente que pertenece en aquellos lugares donde está más a gusto. Quizás, entonces, uno no extrañe el lugar, ni la persona, sino el sentimiento que lo embarga en presencia de uno o de otro. Y si en verdad los sentimientos son parte de lo que nos conforma y caracteriza como seres particulares, entonces lo que extrañamos no es más que a nosotros mismos.

Partir.

Todo lo que dejamos, todo lo que se va, todos los que se van, se quedan con algo nuestro. Parte de nosotros, que se separa del resto y que por eso extrañamos. Sólo basta que medie la distancia, sea cual fuere su naturaleza, sea cual fuere su dimensión. Morir es, en resumidas cuentas, la exaltación de la distancia, pero no más que ello; la distancia, sin embargo, tampoco es menos. Cada despedida se lleva algo de nosotros, con cada despedida muere una parte nuestra, a la que extrañamos.
Con cada reencuentro, entonces, revivimos un poco. Y la idea del reencuentro, esa esperanza (consciente o no), esa idea, es la que alimenta la nostalgia, y se alimenta de ella. ¿Cómo si no arriesgarnos al abismo insoslayable que representaría abrir nuestros corazones? La distancia inminente es una de las pocas certezas con que contamos todos aquellos que osamos tener algo de lo que podemos ser separados.

Temer.

La esperanza, sin embargo, puede ser el más cruel de los sentimientos, puesto que aun si la reunión es tan ineludible como la distancia, la verdad es que nunca es completa. Todos cambiamos, inevitablemente. Somos rompecabezas dinámicos, esperando que al momento del reencuentro los bordes de la pieza que falta no hayan cambiado lo suficiente como para que ésta no quepa. A veces rehusamos la posibilidad que esto suceda, lo cual sólo hace peor el golpe de la realidad. A veces nos aferramos a lo poco o mucho que nos queda, esperando no tener que descubrir que nuestras piezas han quedado obsoletas, rogando que sigan siendo parte del todo que una vez fuimos. Solos, o junto a quienes ya no están.

A veces la consciencia de esta realidad nos paraliza. Y hay esquinas por las que no nos atrevemos a pasar, y hay máscaras que cambian pero son una sola, la única, y hasta intentamos minimizar el efecto cortando los bordes que coinciden con las piezas que se han ido, para así hacer lugar a nuevas piezas. Nos apuramos por llenar ese hueco con partes foráneas de bordes duros que a menudo lastiman en la fricción. Intentamos simplificarnos hasta quedar reducidos a un collage irreconocible de partes escogidas al azar, de procedencia dudosa y duración momentanea. Terminamos poniendo distancia entre nuestras propias partes, sin necesidad alguna. Huimos del resto, y de nosotros mismos.

Partir.

Sin embargo, existe quizás otra alternativa. No engañarnos, pero desafiarnos a nosotros mismos y a nuestros miedos. Exponerse. Lograr ese sentimiento. Nutrirlo. Ganar. Perder. Extrañar, esperar. Morir. Revivir. Y al descubrir que nuestros bordes ya no coinciden con los del otro, pulir. Ambos. Cambiar, pero juntos.

Amar. Temer. Partir. Amar, temer partir. Temer amar, partir. Temer, amar partir. Temer, partir, amar.

1 comentario:

Edgardo G. dijo...

Hola, Eu! Gracias por tu comentario :) Y por agregar mi blog al tuyo en la lista de la derecha, jeje! Todo un honor! :) Me re gustó este texto. Saludos!