1) Que los argentinos conducimos de forma bastante desordenada (por decir algo amable), no es novedad. Que el tránsito marplatense haya sido una de las cosas que me horrorizó hace casi dos años, no es una sorpresa. "Es porque está lleno de porteños", explicó Maga en aquel entonces, pero ya no estoy tan segura. Tampoco estoy tan segura que la pericia con que conducimos sea el problema.
Boulevard Marítimo y Belgrano. Me apuro para llegar a Rivadavia y así cruzar, porque voy llegando tarde a dar clase (o trabajar, o lo que sea que depare la mañana -- llego tarde a lo de La Señora *inserte música de Mirtha Legrand*) cuando escucho una explosión. Claro, le sigue una frenada y rápidamente me doy cuenta de que el ruido en realidad fue un golpe: VW Golf rojo vs. auto verde oscuro no identificado. El rojo sale marcha atrás por calle Buenos Aires y da una vuelta en U hasta estacionarse bien junto a la esquina.
El resto es historia, la misma de siempre. Conductor enardecido que se baja a patotear para sacarse el susto de encima, peatones que se acercan de todos los rincones, tránsito completamente detenido. Camino por delante de dos policías que observan atentamente. "Voy a llamar..." comienza a decir uno de ellos, hasta que su compañero (más grande, más experimentado) lo interrumpe. "¿A dónde vas a llamar?", se le ríe, incrédulo. Cruzo la calle porque no tengo otra opción, mientras la gente se agolpa. No parece haber nadie herido, al menos, pero dudo que la mujer que maneja el Golf tenga ganas de bajarse del auto; creo que está un poco mareada. Cuando llego a la otra vereda noto una parejita sentada en el Havanna (¿o es un Balcarce?) de la esquina: él señalando inequívocamente hacia el lugar de los hechos, mientras explica el desarrollo de los acontecimientos.
Me río y pienso que los argentinos somos opinólogos por naturaleza, justo a tiempo para escuchar la consabida. "¿Quién tuvo la culpa?" Ni me doy vuelta, sé que va dirigida a la máxima autoridad en estas cuestiones: el diariero.
2) Yo hago el esfuerzo, hago todo el esfuerzo, pero juro que todavía no sé para qué sirven las Ferias del Libro. Hoy, último día aquí en Mardel. El año pasado, en un acto de arrojo, fuimos con las chicas (sí, con las chicas, en una tarde que siempre recordaré porque después de varias idas y venidas terminé acarreando bolsas a lo de Errozarena tías) y no le ví nada de especial, pero 2009 venía con el auspicio de Mercau y García Losada, que compraron mucho la semana pasada.
El primer intento fue el oooootro domingo, cuando fuimos a ver (y nos quedamos con las ganas) Bang Bang You're Dead al Teatro Auditorium. Nada del otro mundo, pero a decir verdad yo estaba apurada por ir a lo de Pía, así que hoy decidí darle una oportunidad en serio. Fuí. Sola. Motu propio. Y me recorrí todo. ¿El veredicto? Libros buenos = pocos = precios altos = fuera de alcance = estrechez mental = pueblo dominado. Es decir, a la tercera mesa que vi colmada de libros de autoayuda a 2 x $10, casi muero de náuseas. Había cosas interesantes, sí, pero a precios ridículos, privativos. ¿La verdad? Me indigné.
La aritmética del diablo, diría Jane Yolen (y sí, tengo ganas de agregar algo como que cada dictador explota y extermina a su pueblo de la forma que puede y tiene a mano, pero bue...).
martes, 8 de diciembre de 2009
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2 comentarios:
Odio el tráfico, aunque sé que debería decir tránsito porque el otro es un galicismo ._.
Hoy me compré cuatro libros: V. Woolf, James Joyce, Harper Lee, Hermann Hesse... por la módica suma total de $88 = soy feliz :)
Recuerdo ir a Baires y pasarme hoooooras revolviendo mesas en librerías varias. Se encuentran cosas muy buenas, muy baratas.
Quizás sea por eso que no entiendo muy bien el sentido de las Ferias del Libro (donde encuentro todo caro siempre =P).
Tráfico, tránsito... otro futuro traductor traumado! Welcome to the club.
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