Estar con Lu fue, ahora puedo admitir, producto de un error de cálculo. La última vez que la vi y fuimos nosotras (luego peleamos dos veces y nos ignoramos otras tantas más) me dijo entre lágrimas que lo nuestro había sido la primera vez que algo se le salía de control; que jamás empezaba una relación sin tener la certeza de que no iba a durar, pero que conmigo algo había salido mal. Yo sabía que te pasaba algo en serio, pero no me importo y seguí.
Empezar a estar con ella me representó un dilema ético, moral y religioso. Involucrarme con alguien del trabajo estaba decididamente mal y fue un obstáculo autoimpuesto mucho mayor que el que se tratara de una mujer, pero siempre fui fiel creyente en las palabras de Churchill: You will make all kinds of mistakes; but as long as you are generous and true, and also fierce, you cannot hurt the world or even seriously distress her. Tampoco quería estar con ella porque -he aquí el segundo error de cálculo, esta vez de mi parte- tenía la estúpida impresión de que ella estaba muy enganchada conmigo, y yo no quería usarla como un mero medio de experimentación. Era una situación imposible, porque tampoco hubiera estado con ella si no me hubiera hecho sentir que quería estar conmigo a pesar de todo y todos -incluso de mí misma-, pero yo no sabía si podía darle algo siquiera similar. La tristeza desgarradora que sentí la primera noche que dormí sola después de haber estado con ella me dejó también sin esa objeción. Sin embargo, tenía bien en claro que las cuestiones religiosas no desaparecerían, y fue por eso que desde el primer momento decidí hablar al respecto con mi líder espiritual. Nunca tuve la intención de pedir un permiso que sabría que no obtendría, sino de enfrentar mi responsabilidad por los convenios que había hecho y roto.
Fue así que, exactamente una semana después de estar con Lu por primera vez, me encontré en la oficina de esta persona, sin saber bien qué quería hacer con mi vida. Había pasado veintiocho años aprendiendo, creyendo, enseñando y sintiendo, sintiendo, cada una de las palabras que se me habían enseñado, y no estaba preparada para dejar eso de lado. Entre sollozos le conté a este hombre, que podría haber sido mi padre (que podría haber sido mi suegro, pero esa es otra historia), todo lo que había sucedido en la semana anterior. Me miró, lleno de afecto fraternal, y me preguntó qué quería hacer al respecto. Y yo pensé en Lu, en la manera que me sonreía, en cómo me miraba; en su mano en mi mejilla, mis labios sobre el tatuaje de su espalda, nuestras piernas entrelazadas.
Le dije que no podía entender por qué estaba tan mal que alguien, ella, me quisiera así.
Por supuesto, después todo resultó ser un sencillo error de cálculo. Pero, al pensar en ello, recuerdo lo que yo sentía al ver caer su pelo hacia el costado al estar encima mío; la revolución en la boca del estómago, el fuego en el pecho al verla dormir. Sentir que el mundo era un lugar mejor simplemente por eso. Entonces entiendo qué es lo complicado: no pasa por reproducir el sentimiento -sé que con la reciprocidad que faltó en esa ocasión, las cosas pueden ser mucho mejores-.
Mi problema es encontrar alguien que pueda sentir por mí lo que yo sentía por ella.

2 comentarios:
¿Y quién le asegura que ese alguien que sienta por Ud. lo que Ud. por aquélla sombra, reciba el mismo caudal de amor (vertiginoso o pausado, ensordecedor o mudo, no importa...). Eso, puede parecer lo de menos... A veces me desespero por pensar que nadie siente nada por mí, a veces me muero si intuyo que jamás podré volver a sentir. Y ahora creo que quiero las dos cosas. Aunque tarde mil años.
Creo que, llegado el caso, me parece más central que ese alguien se permita recibir "el mismo caudal de amor" de mi parte. No dudo de mi capacidad de volver a sentir, porque al fin y al cabo es lo que quiero, aunque no se trata de apresurar ni forzar situaciones. Estoy convencida de que si pude sentir todo eso por esta persona que me retaceó tanto, que dió tan poco de sí misma (menos aun, mucho menos, que si fuera una mera amistad), quedan cosas mucho mejores por sentir con alguien que esté, que dé, en igual proporción. Estoy convencida de que no puede haber amor sin reciprocidad; no se puede generar y no puede subsistir sin alimentarse de la interacción. Es por ello que no temo no poder olvidar, ni temo dejar a nadie girando en descubierto; las cosas caen por su propio peso.
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