El año pasado, quizás a raíz de tantas idas y venidas con esta Revolución de Mayo, descubrí que no puedo pelear, verbalmente. Puedo ser dura al decir algunas cosas; puedo ser sincericida y puedo también dejar de echarle azúcar al mate y pasarte la verdad -la que yo percibo, el mundo mediado por mi cerebro, diría Sydney Lamb- al natural; que las cosas sean sin anestesia, pero siempre desde lo bien intencionado, desde la comunicación, el diálogo, la negociación. De chica, y no tan chica, recuerdo haber pensado que lo peor que me podía suceder era lastimar a alguien, con o sin intención, y siempre hice la segunda milla por intentar evitarlo (no por buena, quizás, sino por egoísta -porque yo no hubiera soportado ser quien lastime-).
Así es como me callo, a veces. No por pasiva, sino porque reconozco que es inútil hacer sentir mal a una persona que ya se siente mal, que hay momentos en que las razones no hacen entrar en razón. Y sin embargo, con esta actitud, estas ganas de evitar el conflicto, pareciera que lo único que termino generando en las personas es que se sientan mal, consigo mismos y conmigo.
Y Flor me mira y me dice que en este momento no puede darse el lujo de sentirse tan mal, y yo pienso que no se murió nadie, que tampoco es tan grave, pero me permito victimizarme y pensar que lo que dice está bien, que la autopreservación es necesaria, que además dije que la iba a cuidar y por eso guardo todo bien adentro, pero que a final de cuentas nunca nadie piensa en cómo me siento yo, en qué quiero yo, en cómo me afecta a mí -nadie piensa en dejar de sentirse mal por herir, sanando(me)-. Por supuesto, si no me cuido yo no me va a cuidar nadie, y no debería esperar ninguna clase de contemplación por parte del resto del mundo, pero en cierta forma no dejo de asistir a esta despersonalización de mi ser que resulta, indirectamente, de algo tan natural como necesitar la otredad del prójimo (¿qué se hace cuando el otro, tan necesario, no tiene en cuenta que sos, que vos también sos?).
Pensé que mayo se iba a redimir conmigo, pero aparentemente esa no es una opción. Posición huevito para enfrentarse a los reveses del mundo.
Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla. Cada uno es responsable de lo que ha domesticado.

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