(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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viernes, 5 de octubre de 2012

Turnabout

Hay gente que sabe hacer preguntas interesantes.

-¿Cómo estas?
-Con una amiga, a punto de comprar comida. Pasando poco tiempo sola, saliendo bastante, tomando un poco, pensando menos.
-Suena bien.
-Es sobrevivible; con eso basta. Ya será mejor.
-La vida no está para sobrevivirse con lo linda que es. Hay que aprender a vivir, cueste lo que cueste; creciendo supongo, aunque duela.
-Lo sé. Pero hay momentos en que no queda otra que capear la tormenta. Sobrevivir hasta poder vivir de nuevo. Igual eso es como muy dramático: no está tan mal.
-¿Cómo eras antes de Lu, Eu? Me intriga...
-¡Ja! Diferente, muy. Mejor, mucho. Menos intensa, creo; creo que sentía con menos intensidad. Menos triste. Más decidida. Era admirable. Era hermosa.
-Ja. Pienso muchas cosas.
-Me imagino. Pareciera que antes era mejor, y seguramente así era, pero eso no es culpa de Lu. También era más inocente, inexperta, ingenua en muchas cosas. Creo que en alguna medida el círculo es este: uno tiene una convicción X. Piensa X, cree X, sin saber bien por qué. Por convicción nomás; por argumentos lógicos, por la teoría. Hasta que la vida te pasa por encima y te das cuenta que no tenías ni idea de nada, que lo que entendías era muy muy poco. Te replanteás todo. Y llegás a la conclusión de que tenías razón al principio; pero ahora pensás eso porque lo sabés, porque tenés la experiencia. No sé si se entiende.
-Mmmm...
-Antes de Lu, yo era genial, y la tenía muy clara en muchas cosas. Mucho más que ahora. Pero ahora sé que antes la tenía clara porque tengo la experiencia. Antes era pura teoría. Intuición, o lógica. Ahora es conocimiento.
-Sí, lo veo bastante así, pero en vez de círculo lo veo como un espiral, hacia adelante. Nunca volvemos exactamente al mismo punto de partida. Ni somos los mismos.
-El hacia adelante o hacia atrás no tiene que ver con eso, con el conocimiento, sino con lo que uno hace con eso. Nunca volvemos, ni lo somos. Pero yo no estoy mejor que antes; antes no conocía este tipo de dolor.

(Pienso: Antes, era la clase de mujer de la que ella se podía enamorar)
(Pienso: No tengo ninguna intención de seguir siendo alguien que no quiero ser)

jueves, 30 de agosto de 2012

Resabio

Cosas raras que no necesariamente significan nada, pero cada vez que veo el frasquito de café en la alacena me acuerdo de la conversación.

-Yo no tomo café, pero compré igual, para que tengas.
-¿Y qué tomás?
-Malta. Es cebada.
-Bueno, hacemos así: yo tomo café, vos tomás malta, y nos damos un beso a ver qué sale.

miércoles, 25 de julio de 2012

Gente a la que le mencionás que estás enferma y no solo te llama (larga distancia) al instante, sino que además te invita a la casa.

martes, 17 de julio de 2012

Musketeers

Ani me escribe tipo 2 p.m., y no olvida pedir disculpas por el mensaje (no importa, yo le devuelvo el favor cerca de la medianoche, y me hace compañía practicamente hasta que me duermo).
JD pide auxilio al mediodía, y sus disculpas llegan más de diez mensajes después (no las acepto, porque su desesperación es también mía y me llena los ojos de lágrimas).
Flor no pide disculpas porque sabe que no lo necesita; solo me cuenta que su martes pasado tuvo de todo, en particular declaraciones de quien no va a moverse un centímetro por ella y le estruja -y me estruja- el alma (mientras recuerdo que no hace mucho me dijo que yo no tenía otra opción más que moverme, porque mi corazón no iba a permitir nada más).
Leo la última entrada de L y me sorprende la crudeza de sus palabras referidas a esa de quien siempre habló con amor (lo que no me sorprende es el desenlace de este episodio en particular, igual al resto, igual al mío).
Orne me dice que por ahora las cosas vienen bien, pero que mejor le pregunte el 13 de agosto (no recuerdo qué hice ese día en particular, pero sí el frío que me heló la sangre el 24 de ese mismo mes, porque no estamos bien).

Ani me pide disculpas. Sé que te tengo podrida con el tema. Supongo que ya se va a pasar.
Sonrío y sacudo la cabeza, aunque no me pueda ver, porque sé cómo es estar de ese lado. Y, con algo de admiración sincera, escucho detrás mío al Jefe de Mantenimiento, mientras habla por teléfono con la morocha: Yo te puedo amar mucho, pero si me hacés sentir mal no tengo problema en meterte un boleo en el tujes y se acabó.

martes, 10 de julio de 2012

The Final Cut

Me llamó ni bien bajé del colectivo. Eran las 6.30 de la mañana, el mundo se había dormido y yo tenía al menos 45 minutos que matar entre valijas y bufandas. Bajé del colectivo y lo vi, instantáneamente; todavía no sé muy bien cómo, porque si bien me esperaba en el local justo enfrente a la plataforma (30, era la 30) estaba bien escondido, en un estante interior, detrás de chucherías varias. Claro, por supuesto que estaba escondido: me estaba esperando.
No era la primera vez que nos cruzábamos. Ya le había sonreído amargamente detrás de una vitrina en Avenida Cabildo, otra mañana de feriado en un agosto frío. Me había pedido que lo llevara con su dueña, pero yo ya había intuido su destino y le había rogado que no agregara un peso, una incertidumbre más a mi espalda cansada. Eso mismo le repetí esta vez; le conté que la situación era diferente, pero el sentimiento era el mismo. Entonces, me repitió las palabras de Flor, golpes arteros, certeros. Prometí volver, una vez que el fin de semana me devolviera algunas resoluciones.
Volví, sin pensarlo, el lunes. Con poco tiempo, directo al grano. Volví, sin resoluciones, con las mismas ganas de [], con el mismo rechazo a las muestras de afecto bien intencionadas («Yo lo veo, yo soy parte del resto del mundo» / «Sí, pero no me voy a casar con vos, así que dejá de tirarme palos»), con el mismo []. Sublimemos angustias con gastos innecesarios, me dije, y cuando lo escuché llamarme, no me resistí. Rosado y feliz, me pidió que lo llevara conmigo y no tardó en subirse a la bolsa. Me sentí mejor, intuí sonrisas. 
Retiro era un caos, como siempre, pero con piquete incluido esta vez, y no me importó. Hubo que esperar en la ventanilla, y no me importó. Caminamos doscientos metros para subir al colectivo, y no me importó. Pero una vez arriba, él se durmió y yo me quedé sola. Y sola de nuevo, mientras él dormía y no podía defenderme, vino el golpe de gracia.

lunes, 11 de junio de 2012

Cocktail

(-Yo pienso que siempre hay algo bueno, algo para aprender en todo lo que nos pasa.
-¿En todo? ¿Hasta en esto? ¿Qué se aprende de esto?
-Bueno, yo aprendí que a la próxima chica, antes que nada, le tengo que preguntar si está con alguien.)


A veces, cuando estoy un poco distraída y no mido las consecuencias, me permito extrañar pensar en esos dos o tres días antes del feriado.

A veces me parecen un sueño. A veces me parece increíble. A veces me parece mentira estar como se está ahora. A veces me parece que las cosas podrían haber sido, podrían ser, diferentes, y me da bronca.

Y siempre, siempre, me parece triste.

¿Y si la vida te cambia radicalmente en un segundo?

(-Buen día, ¿dormiste?
-Sí, re bien, hasta se me fue la contractura que tenía. ¿Vos?
-También. Es raro, yo tengo la teoría de que uno no se duerme profundo en cualquier lado...
-Yo también...)

domingo, 3 de junio de 2012

Oedipus

Tengo 29 años. Vivo sola desde los 25, cuando me mudé a Mar del Plata. Aquí cumplí 26 y nadie me creyó; Rocío, un año menor, me dio 21. No conozco a nadie que me dé más de 27, y quienes lo hacen se basan en cálculos que tienen que ver con mi trabajo en docencia o los 26 años de mi hermano Manuel (porque nadie cree que Martín pueda ser 15 meses menor que yo). 
Mi grupo de amigos tiene, en promedio, 24 años. Mi ex novia es bastante menor que eso, y sin embargo nunca sentí la diferencia. Cada vez que alguien trae a colación el tema de mi edad y se sorprende, bromeo con que es la inmadurez que no me permite envejecer. Quien entre en mi facebook encontrará chistes internos con mis alumnos y menciones de salidas con mis amigas, pero la verdad es que nunca me consideré desfasada, al menos no en lo que se refiere a madurez. Como para reforzar esa sensación, nunca me ha sido difícil trabar amistad con gente mayor: durante mi adolescencia todos mis amigos tenían entre dos y cuatro años mas que yo. Me encantaba hablar con la abuela de mi ex; el padre de una de mis mejores amigas viene siempre a merendar y hablar de fútbol. Nunca me costó pensar en abstracto ni formar pensamiento crítico. Siempre fui responsable y trabajo independientemente desde que terminé mi primera carrera universitaria, a los 20 (habiendo comenzado a los 16).
Entonces, más allá de las apariencias, no estoy acostumbrada a que me hagan -ni a hacerme- planteos relacionados con este tema.
Sin embargo.
Sentir que alguien con quien estuviste, y que es solo dos años más grande, podría ser tu madre (sentirte tan inmadura, tan inadecuada) es horrible.
Nunca me había sentido pendeja, hasta hoy. No sé si está bueno.

domingo, 27 de mayo de 2012

Yo no sé qué pasa con esta semana, vamos subiendo el nivel de extrañeza con una facilidad...

Editado: Fue. Yo me meto a bañar y que el mundo se arregle solo.

Editado II: Claro no entrega los sms que envié literalmente hace dos horas, no sé si mis mails llegan, L está en modalidad Marty y Dana en cualquier momento me manda a matar. Agreguémosle a mi ex y su actual novia, que me aman a tiempo completo, y la verdad que hoy debo haber batido todos los récords de hacer enojar tortas en un mismo día. Mínimo, deberían darme alguna clase de premio, medalla o diploma.

(Si alguien quiere agregarse a la lista, por favor hágalo sin cargo por medio de los comentarios)

Otra tormenta de granizo

El año pasado, quizás a raíz de tantas idas y venidas con esta Revolución de Mayo, descubrí que no puedo pelear, verbalmente. Puedo ser dura al decir algunas cosas; puedo ser sincericida y puedo también dejar de echarle azúcar al mate y pasarte la verdad -la que yo percibo, el mundo mediado por mi cerebro, diría Sydney Lamb- al natural; que las cosas sean sin anestesia, pero siempre desde lo bien intencionado, desde la comunicación, el diálogo, la negociación. De chica, y no tan chica, recuerdo haber pensado que lo peor que me podía suceder era lastimar a alguien, con o sin intención, y siempre hice la segunda milla por intentar evitarlo (no por buena, quizás, sino por egoísta -porque yo no hubiera soportado ser quien lastime-).

Así es como me callo, a veces. No por pasiva, sino porque reconozco que es inútil hacer sentir mal a una persona que ya se siente mal, que hay momentos en que las razones no hacen entrar en razón. Y sin embargo, con esta actitud, estas ganas de evitar el conflicto, pareciera que lo único que termino generando en las personas es que se sientan mal, consigo mismos y conmigo.

Y Flor me mira y me dice que en este momento no puede darse el lujo de sentirse tan mal, y yo pienso que no se murió nadie, que tampoco es tan grave, pero me permito victimizarme y pensar que lo que dice está bien, que la autopreservación es necesaria, que además dije que la iba a cuidar y por eso guardo todo bien adentro, pero que a final de cuentas nunca nadie piensa en cómo me siento yo, en qué quiero yo, en cómo me afecta a mí -nadie piensa en dejar de sentirse mal por herir, sanando(me)-. Por supuesto, si no me cuido yo no me va a cuidar nadie, y no debería esperar ninguna clase de contemplación por parte del resto del mundo, pero en cierta forma no dejo de asistir a esta despersonalización de mi ser que resulta, indirectamente, de algo tan natural como necesitar la otredad del prójimo (¿qué se hace cuando el otro, tan necesario, no tiene en cuenta que sos, que vos también sos?).

Pensé que mayo se iba a redimir conmigo, pero aparentemente esa no es una opción. Posición huevito para enfrentarse a los reveses del mundo.

Los hombres han olvidado esta verdad, pero tú no debes olvidarla. Cada uno es responsable de lo que ha domesticado.

Domestica(r)

Lo bueno es que me quedé con los chocolates.

Ponele.

viernes, 25 de mayo de 2012