(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.
Mostrando entradas con la etiqueta una banda amiga que me aguanta el corazón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta una banda amiga que me aguanta el corazón. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de enero de 2014

Solitude

En 2008, Marina y yo nos reencontramos en nuestro Tandil natal. Hablamos, un poco más de lo que habíamos charlado por mail, pero tampoco tanto. En ese momento ella estaba de novia (conviviendo, ninguna de las dos lo hubiera imaginado jamás) con Lucas. Interesante promedio de idas y venidas, ahí, con alguna visita mía al pequeño departamento que compartían en Parque Centenario.
Creo que allí fue donde escuché por primera vez (o quizás donde lo entendí, o lo que me hizo entenderlo algún tiempo después) el concepto de espacio propio, personal, en la pareja. 
Marina lo predica, a falta de mejor término, siempre. Me lo repitió la última vez que nos vimos: «Ni se te ocurra mudarte con alguien sin tener pensado en cuál va a ser el espacio personal de cada una». Asentí, como siempre, por costumbre y convicción. Por haberlo pensado, ya. 
De chica pensaba que me encantaba pasar tiempo sola. Digo pensaba porque no sé cuánto tiempo realmente sola habré pasado en un tres ambientes donde vivían siete (en algún momento, nueve) personas. No sé tampoco cuánto de esa percepción estaba teñida por esa particular situación habitacional. Sí sé que en 2008 estar sola (realmente sola) me pegó fuerte, pero creo que eso tuvo más que ver con una sensación de abandono, desamparo y desposesión que poco tiene que ver con la soledad en el sentido más básico. Lo mismo me sucedió en 2011.
Pero ahora.
Ahora puedo decir que recuerdo bien o entiendo bien las palabras de Marina. Eso es mérito de M., y digo mérito porque es algo, de hecho, bueno. Una soledad que no angustia, que no desespera. La amo por eso, aunque a veces el monoambiente se haga aun más chico de lo que es.
Y espero con ansias el día de tener un lugar con espacios propios, que sea de las dos.

miércoles, 8 de enero de 2014

Pet (Redux)

Marina siempre fue un regalo. 

Lo fue a los 8, 9 años, en el colectivo donde nos vimos (y hablamos, qué sorpresa) por primera vez camino a no-sé-qué evento deportivo interescolar. Lo fue unos meses (¿años?) después, en la puerta del conservatorio donde yo estudiaba piano y guitarra -a dos cuadras de la casa de su madre- cuando me reconoció y frenó su bicicleta para saludarme.

(Años, yo tenía 11 años y estaba a punto de cambiarme a su escuela para empezar la secundaria).

Lo fue a los 12, en un colegio donde no conocía a nadie y todos hablaban un idioma que aun no entendía (literalmente; ella fue, informalmente, mi primera y más eficaz maestra de inglés).

Lo fue a los 15, cuando decidí cambiarme de secundaria un poco por capricho y otro poco por ser consciente de que mis padres ya no podían pagar la media beca que el colegio requería. Sé que eso le costó muchas lágrimas que no pudieron cambiar mi parecer, pero valieron el conocimiento de no ser completamente irrelevante en esta tierra.

(También fue, a esa edad, la primera persona fuera de mis padres que me dijo que me amaba -de un modo muy platónico, pero no por ello menos real-).

Lo fue a los 19, internadas un mes preparando Derecho Constitucional y Ciencias Políticas, la única materia que pude estudiar como si realmente quisiera hacerlo, tomando tés de sabores y orígenes extraños y usando resaltadores de colores brillantes en fotocopias prestadas.

Lo fue a los 25, cuando nació este blog. Lo fue a los 28, en una conversación con 10000 km de distancia, tratando de digerir demasiada información de una sola vez («es todo complicado, porque es una mina, y es más chica, y está re loca -no, no agarré la costumbre de salir con minas sin avisarte, cosas que pasan nomás-», «vos te das cuenta toda la info que hay en esa oraciòn, no???? nada que no pueda  manejar, pero bueno»).

Y lo es ahora, a la distancia, pero a diario.

M tiene muchas ganas de conocerla, y dice que es por cómo hablo de ella. Supongo que sí, hablo de un modo especial, porque mi relación con Marina es especial.

«... tengo un defecto y es que me creo demasiado que soy especial y que la gente conmigo tiene relaciones especiales... cuando era más chica me pasaba más... defecto o no, siempre tomé las relaciones de las personas conmigo como distintas a las que podían tener con el resto, entonces, lo que hiciste o dijiste conmigo, por más que no entrara en el estereotipo de amistad convencional, yo lo tomé como algo especial, como un reconocimiento hacia nuestra amistad ... después, me di cuenta que quizás para vos no era especial, sino la única forma de abrirte (que no lo hace menos especial, sino que es especial de otra forma)... vos tenías tu mundo, tu forma de ver todo, tu crianza, para mi super rara y que en muchos puntos, no compartíamos, pero me dejaste entrar (recuerdo con mucho cariño cada momento que pasé en tu casa, siempre me trataron como a uno más y posta, me marcó mucho), me lo mostraste sin la menor vergüenza (que no deberías tenerla, pero en cierto punto, en ese momento, creo que te debe haber resultado difícil siendo yo tan distinta) y eso es lo que importa...»

Es la única persona (bueno, una de las muy, muy pocas) que, siento, sabe exactamente lo que estoy pensando todo el tiempo y tiene siempre la palabra justa, lo cual contrasta espectacularmente con mi incapacidad de saber qué piensa la mayoría del tiempo. También es una de esas personas que puede poner en palabras claras pensamientos y sentimientos muy complejos que a menudo también son míos.

A decir verdad, no tengo idea de qué es lo que ella «obtiene» de nuestra relación, pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. Solamente sé que es. Es un regalo. Y quizás sea eso, al fin y al cabo, de lo que se trata la amistad.
That two men may be real friends, they must have opposite opinions, similar principles and different loves and hatreds.

François Rene de Chateubriand -

viernes, 20 de diciembre de 2013

Bravery

Pauli se va a trabajar un año en Guinea Ecuatorial, África. Como traductora. En un trabajo que me ofrecieron y ni siquiera consideré.

Pauli vive con los padres y no tiene trabajo, ni está en una relación. No tiene que preocuparse por poner un noviazgo en stand-by, ni por hacer una mudanza intraprovincial en dos semanas, ni por conseguir un buen trabajo o un buen alquiler al regresar. Mejor dicho: esas preocupaciones son las mismas que tiene ahora, su situación no cambia.

Y no, esto que siento no es ni envidia ni necesidad de autoconvencimiento. Es...

Tristeza por las oportunidades que no son tales.

martes, 19 de noviembre de 2013

Adolf

Tengo la suerte de tener amigos muy buenos y muy sabios, que a menudo tienen las palabras justas que necesito escuchar. 

Cuando uno no toma la decisión, la decisión lo toma a uno.

Hay situaciones para las que no hay salida fácil. Pero todas tienen salida.
Y si uno no apura para el lado hacia el que sabe que tiene que ir (y uno siempre sabe para dónde tiene que ir, aunque sea difícil), puede terminar en la menos deseable de las direcciones.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Cupcake, pt. X

Dos horas antes, hablo con Flor. Le cuento que no tengo ganas, que estoy cansada, que ya no siento que cada encuentro me sea tan beneficioso. Me dice que tenga paciencia, porque es Flor, y porque a veces se ocupa de recordarme las cosas que ya sé que tengo que hacer.

-Me pasó algo. De una u otra forma, encontré un borrador de un mail que le escribí a Lu hace como diez meses, justo antes de conocer a M. ¿Te acordás que te conté que la última vez que la vi en plan de amistad la acompañé a la guardia porque estaba enferma, y después resultó que se había agarrado sinusitis por-...?
-Sí, sí.
-Bueno, después de eso, le escribí un mail que nunca llegué a mandarle, porque antes me enteré de todo lo otro... Las mentiras, los cuernos, todo. Pero ese mail, aunque ya le decía que no quería estar con ella, lo escribí con amor... con preocupación. Le puse un montón de cosas, ahí. Y el otro día lo encontré de casualidad, y lo leí.
-¿Y...?
-Y... fue un alivio. Me hizo bien. Porque me di cuenta que ya no siento nada de eso, y es liberador. O sea, pensá que nunca más me la volví a cruzar. Y a pesar de que cuando le dije que no la quería ver más lo dije en serio, de que todo lo que me enteré después me desdibujó totalmente quién era, y de que ya no estaba enganchada con ella porque si no no hubiera podido, no me hubiera metido con nadie más, siempre me quedó esa duda. Ese miedo a que la experiencia con ella me arruinara la vida, me marcara tanto que me arruinara la manera de relacionarme con otras personas, eso que vos me marcaste una de las primeras veces que vine. Miedo de no poder estar bien con M., de dejar que eso influyera. Miedo de ver a Lu y que se me cayera el mundo. Me la crucé, una vez. La vi de lejos un sábado en la facu y, aunque no me movió nada, preferí no cruzármela. Creo que ella también, que me vió y se fue de donde estaba para no tener que saludarnos. Por la razón que sea. Y yo me hice la tonta, también, por precaución. Es que durante tanto tiempo la amé tanto... Verla ese mediodía, aunque fuera de lejos, fue bueno. Sirvió para darme cuenta. Y leer el mail ese, darme cuenta de que ya no siento todo eso... o sea, por supuesto que aun mantengo muchas de las cosas que escribí... sigo pensando que una persona en esa situación necesita ayuda y siempre estoy dispuesta a dar una mano, pero ahora puedo darme cuenta y sentir que eso no tiene nada que ver conmigo... que no es mi lugar y tampoco lo deseo. Porque no es el tipo de ámbito, de gente, con el que quiero involucrarme, siquiera estar en contacto. Entonces me hizo bien.
-Porque necesitabas hacer un cierre. Porque ustedes tampoco nunca tuvieron una conversación...
-Claro. Es que no hubiera sido posible, y tampoco... no sé. Siento que nunca estuvimos en el mismo plano. Ahora, sabiendo todo lo que sé (que tampoco fue fácil de digerir), siento que el único tiempo en que las dos vivimos la misma realidad fueron esos dos, tres meses, desde que nos conocimos hasta que empezamos a estar... una, dos semanas después de eso. Y listo. Entonces, ¿cierre de qué? Si pasó tanto tiempo, y para las dos fue todo tan distinto. Creo que este fue un cierre de mí, conmigo misma. 
-Bueno, bien. Yo te iba a decir... ¿qué te parece si le damos un cierre también a este espacio? Nos vemos una vez más, en dos semanas, a modo de cierre. Porque creo que si bien uno siempre tiene cosas en las que trabajar, tenés las herramientas como para resolverlas bien.
-Creo que justo hoy le dije exactamente lo mismo a una de mis amigas. 

martes, 3 de septiembre de 2013

Suerte

Gisela tiene esas cosas, que me hacen quererla de más aun cuando todo el mundo piense que es otra minita cualquiera: superficial, fácil, más ella estando ebria que sobria (algo que jamás podré respetar).
Tiene esas cosas.
Buen día, mi vida, mientras pienso cómo llegué acá

Y de buscar el origen de esa frase que a veces repito como mantra, llego a Don Osvaldo Pugliese, a quien admiro sin saberlo. Leo, casi de casualidad, que en 1936 se afilió al Partido Comunista Argentino, y eso le valió la cárcel tanto durante el gobierno de Perón como el de la mal llamada Revolución Libertadora.
Entonces vuelve, de la nada, del olvido, de otra vida, y me siento feliz de volver a ser aunque sea por unos segundos esa que tomaba millones de notas en las clases de Teoría de las Relaciones Internacionales y Política Exterior Argentina.



domingo, 9 de junio de 2013

Avantgarde

No sé muy bien qué nos asusta tanto de dejar que el otro participe un poco más de nuestra vida (o que al menos pueda verla tal y como es).
Pablo, grande entre los grandes, un poco con la inocencia de los chicos y los bien intencionados, hoy le dijo a sus padres que es gay.
No importa cómo haya salido, flaco; te quiero de cuñado, de todas las maneras posibles.

jueves, 7 de marzo de 2013

Tengo la sensación de que ya me ha sucedido antes esto, esperar la ayuda prometida y quedarme con las manos vacías.
Pero como no puedo recordar episodio concreto alguno en que me haya sucedido esto, y sí, en cambio, tengo la viva imagen de esos meses -tan cercanos- de corazón roto, ojos tristes y mirada perdida en que fueron brazos y manos y piernas ajenas las que me llevaron, trajeron y sostuvieron, voy a elegir creer que es solo eso.
La sensación.

lunes, 4 de febrero de 2013

Pet


Hay gente que tiene las cosas tan claras que a veces expresa los sentimientos de uno mucho mejor de lo que lo haríamos nosotros mismos.

Conocí a Tomás en 1996. Era mi primer año de secundaria, 13 años de pura inseguridad en una institución totalmente desconocida con compañeros que se conocían muy bien entre ellos; él era el director del colegio. Recuerdo que por alguna razón una tarde nos quedamos solos en el edificio unos 5 alumnos y él, y propuso hacernos una especie de «test psicológico». Me pidió que nombrara 3 animales y le dijera qué me gustaba de ellos. Creo que mis elegidos fueron el delfín, el caballo y el león. Acto seguido, hablé mínimo una hora en cuanto a lo mucho que me gustaban los delfines por lo listos que son y sus grandes esfuerzos para comunicarse con el resto de las especies. Pensándolo bien, no se requería de un genio para darse cuenta de lo identificada que me sentía con ellos.

Comunicación. De una u otra forma, toda mi vida gira alrededor de ella. Inconscientemente busqué dos carreras y dos trabajos que consistieran exactamente en eso: comunicar. Y no hay nada que valore más en otra persona que la voluntad de comunicarse. Por eso es que respeto tanto a Nat: coincidimos en muy pocas cosas, pero ella siempre tiene ganas de explicarme su punto y siempre tiene ganas de escuchar el mío, sin que ninguna de las dos intente convencer a la otra. Solo pretendemos comunicarnos, entendernos, para -llegado el caso- poder disentir tranquilamente.

Y esas son cosas que te da la adultez (y la madurez, sí, lo dije): aprender a no ser taxativo, a no juzgar tan abruptamente, a no ser tajante con respecto a las opiniones. 
Básicamente, lo que ya dijo Marina, quien tiene las cosas tan claras que a veces expresa mis sentimientos mucho mejor de lo que lo haría yo misma.

I am he as you are he as you are me and we are all together

martes, 15 de enero de 2013

It's Lalor, Bitch


Gradualmente, en el transcurso de estos últimos doce meses, Florcha se ha convertido en mi brújula moral. Confío en su juicio tanto o más que en el mío, al menos en algunas cuestiones. Cuando tengo dudas en cuanto a cómo proceder o necesito que alguien reafirme (o tire abajo) lo que pienso, ella es la primera persona con quien me contacto. Cuando necesito algo, sé que es la primera persona a quien puedo recurrir. Este invierno que pasó fue quien me dijo que estaba siendo una tremenda idiota con Ana, y la primera (sino la única) en gritarme a la cara exactamente cuán en desacuerdo estaba con que me volviera a tratar con Lu. Con Ana terminé teniendo razón y lo de Lu fue un desastre ferroviario mucho menor de lo que nadie hubiera esperado (en parte gracias a Florcha), pero en ambos casos aunque sus opiniones no eran las más populares no tuvo duda alguna de hablar y -en el proceso- forzarme a pensar y replantearme todo.
Cuando en octubre decidí probar cerrar Facebook para desenchufarme un buen rato, Flor lo entendió -pero no dejó de hincharme para que de alguna forma no perdiéramos fluidez en el contacto, en medio de parciales y finales de cursada-.
(Cuando volví, en gran parte lo hice por ella)
Extraño vivir con Karen; extraño la familiaridad que desarrollamos y la ausencia de conflicto que nos une. El buen humor, las ganas de hacer algo bueno por la otra, los códigos de la Melecueva. Extraño las cenas con Vicky, la música, los momentos autistas; tener un refugio a donde la depresión no puede seguirte, para escapar del sentimiento de irrelevancia con que a veces oprime el mundo (aunque ya no haya depresión, aunque el mundo me sonría con ojos marrones, un par de bucles que se arman por tanto pelo hermoso y brazos que me abrazan tan fuerte como abrazo yo), una sala de ensayo, un restaurante de pastas. Extraño las charlas imposiblemente maduras con Vicki, el respeto mutuo, la admiración; las charlas increíblemente sentidas con Madi, las noches en Mc, las tardes jugando con Crisis. Pero a Florcha... a Florcha no puedo esperar para verla. Aunque más no sea para que me rete (excepto que esta vez le va a costar bastante encontrar excusa para hacerlo).

martes, 27 de noviembre de 2012

Hopscotch

Karen cumplió años y se mudó conmigo. Temporariamente, fruto de la necesidad impuesta por una ciudad que rechaza a la gente que llega para quedarse como si fuera un órgano no compatible -uno rara vez deja de ser visitante, por acá-, pero se mudó y nos cambió la vida. Karen empezó a leer [más, ponele], se espabiló bastante, aprendió a vivir según las reglas de la Melecueva (y así pasamos varias noches durmiendo en el piso mientras nuestras camas eran ocupadas por gente que recién conocíamos). Yo empecé a ir a la playa, a hablar de mis cosas, a salir un poco [bastante] más. En el medio, mi cumpleaños. Y Karen aprendió a regalar libros.

-Me tenés que decir cuál querés.
-Hmm... Juan dijo que se iba a poner con Hesse, así que vos podés quedar a cargo de Rayuela.

Pero el libro nunca llegó, porque ante todo Karu es un cuelgue, y yo tenía ganas de leerlo, pero no tantas. Mentira. Las ganas no faltaban, nunca faltan, pero el miedo siempre fue mayor. Miedo a que un libro, un estúpido libro, terminara de romperme, de quebrar la frágil estabilidad que tanto había costado conseguir.
(Miedo a recordar que ella solo había leído a Cortázar y yo solo a Borges, y eso tendría que haberme dado la pauta)
Miedo a convertirme en un estereotipo, ¿o no es el libro de cabecera de toda torta que se precie?
(Y me acuerdo de Mai diciendo «Vos, como torta, la verdad...» y mi necesidad reprimida de aclararle «torta, lo que se dice torta...», y mi silencio porque lo que ella piense me importa demasiado -e instantáneamente recuerdo al Jefe de Mantenimiento, «¿Cómo que estás "aprobada"? Decime que la mandaste al carajo, vos no necesitás aprobación de nadie», y lo quiero aun más, como al hermano mayor que no tengo-, aunque en realidad me interese mucho más lo que piensa su hermana)

Entonces entramos en la librería un sábado por la tarde, un poco muertas de frío las tres, buscando «Guardapolvos» para Gonzalo porque hay demasiado tiempo entre pelis, y lo veo. No me doy cuenta, pero lo levanto buscando el precio. Sí, eso hago, y cuando reacciono lo dejo como si quemara, intentando disimular (No, nunca leí Rayuela, no me juzgues). La visita dura poco; no importa, me deja pensando.

Tengo que hablar con Karen. Creo que ya estoy lista para ese salto en particular.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Dijo Florcha: "¡Y decile que venga!"
Dijo Vico: "Me gusta esta nueva actitud".
Dijo Karen: "¿¿¿Limpiaste el baño???"
Dijo Ale: "Te vas. Te vas de mi casa. Traicionaste el estatuto de Wanker Magnet y Fag Magnet, ¿te das cuenta?"
Dijo Pauli: *Golpe en la frente* "¿No viste que se me estaba bajando el escote? Uf, no me servís así".
Dijo Juancito: "¡Aaaaah, pero esta mina se las busca!"
Dijo Luli: "Sos una porquería, vos antes me apoyabas en estas. Igual te banco".
Dijo L: "Te voy a sacar el celular".
Dijo Mati: "♥_♥"
Dijo Crisis: *Se frota contra la media*
Dijo Ani: "Yo que vos tendría cuidado. Andá preparando las botellas de agua".
Dijo Estefy: "Awwwwwwwwwwwwwww *mil iconitos ininteligibles*".
Dijo Elías: "Me imaginé que algo así había detrás, jajaja".
Dijo Flore: "Yo cuando vi que no me contestabas los mensajes..."
Dijo Sol: "Convengamos que sos Bad Luck Brian en pinta. Algo bien tenés que haber hecho esta vez".

(Seguro, Sol, pero ¿tanto? Todavía estoy preguntándome qué...) 

jueves, 18 de octubre de 2012

Por la ciudad

Hoy me levanté pensando en que el clima se acopla a mis planes, y me parece genial.
Me levanté pensando en la cara de Florcha, ayer; cara de qué ganas tenía de verte. En Vico, que no se cansa de decirme cosas buenas respecto a mí, pero más que nada no se cansa de intentar entender. En L, que no tiene miedo de que la haga quedar mal si me presenta a una amiga. En Gisi, que viene a cenar la noche antes de un parcial porque no quiere dejarnos en banda, y me propone que salgamos juntas como si yo fuera la persona más divertida del mundo. En Sofi, que camina cincuenta cuadras con viento marplatense de frente solo para que improvisemos una versión horrible de Linger. En Nako, que me sorprende: no importa que ya no tengas facebook, de alguna forma vamos a hablar. En Seba, que se ríe, pero no duda en comenzar a trazar planes de supervivencia en caso de apocalipsis -ni en incluirme en ellos-.
Me levanté pensando en Silvia, mi profesora de Introducción a las Relaciones Internacionales, que el primer día de clase se despachó con un «en toda relación siempre hay alguien que quiere más» (y en mi hermano y mi cuñada, que son la prueba viviente de que esa afirmación no es completamente verdadera, pero esa es otra historia).

Si toda cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, entonces toda relación vale tanto como lo crea la parte menos involucrada. Aunque la otra mitad se defina y redefina, mate, muera y se destroce en mil pedazos por ella.

(Quizás por eso es que no vale la pena que suceda ninguna de esas cosas; porque ninguna de ellas es necesaria para una relación que valga la pena)

martes, 16 de octubre de 2012

The Ego Has Landed

Magalí se recuesta contra las almohadas que forman el respaldar del sillón, y mira fijo un punto lejano por encima de mi hombro.
-...y también aceptar que hay amores que se quedan con uno.
-Es que yo creo que si es amor, en serio, puro, no desaparece. No puede, Maga. Muta a otra cosa, pero no desaparece.
-Exacto. Y en parte tiene que ver con lo que me dice mi psicóloga: «el tema con Ramiro es que con él vos eras vos misma, y eso es muy fuerte».

Asiento, solo puedo asentir. La miro y recuerdo que lo que llevo alrededor del cuello era de ella; la cadenita parece pesar mil kilos. Como un yugo compartido.
__________

-No te ando siguiendo. ¿Vos decís que no vaya a pensar que él está enganchado?
Sonrío, porque ella me mira como quien se niega siquiera a contemplar la posibilidad de ciertas realidades.
-No. El otro día que salimos, en un momento que estaba medio picado, me dijo «Vos estás para dar fe de que yo me porto bien».
-¿Como que yo me iba a perseguir porque hubieran salido con...?
-No, no. No tiene que ver con vos. Tiene que ver con él. Porque en mi experiencia, la gente acostumbrada a fantasmear, no habla de estas situaciones. O sea: si estás acostumbrado a fantasmear, no te molesta que te vean con alguien, porque es inevitable. Pero no vas por la vida teniendo grandes conversaciones al respecto, porque es lo que es. A lo sumo se contestará alguna pregunta o comentario al respecto de quién te agarraste, con una risa y sin demasiado detalle, pero no se habla del tema porque no es nada, no tiene importancia alguna. Entonces, para mí ese comentario descolgado tiene mucha más importancia, me es mucho más significativo, que ver que te saluda con un beso. Lo que yo digo es que si él pensara que esto es nada, si no fuera importante para él, ni siquiera mencionaría la situación. 
La ficha nos cae a las dos.

Movió el vaso con brusquedad, mientras se reía sarcásticamente; un par de gotas de Gancia con Sprite cayeron sobre las sábanas violetas.
-Vos me decís eso, Eugenia, pero todo el mundo piensa lo contrario.
-No quieras correrme. ¿Qué «todo el mundo»? Si vos de nosotras no hablás con nadie.
__________

-¿Te das cuenta que cada vez que te pregunto sobre vos me hablás de otra persona? De ella, o de alguien más, no importa. Hablame de vos. ¿Dónde quedaste vos?

El tema, conmigo, es que siempre me esfuerzo por entender. No importa cuán difícil sea; puedo no saber qué contestar, pero siempre entiendo. Entonces, pienso, debo estar muy mal -muy fuera de foco, muy fuera de tema- que ni siquiera comprendo a qué se refiere.

La pregunta me da vueltas toda la semana.

miércoles, 10 de octubre de 2012

lunes, 1 de octubre de 2012

Parallel

Hace un par de días María me alertó de que gracias a Outlook había encontrado una segunda cuenta de Twitter mía. Yo no recordaba haberla creado, pero una vez que ingresé reconocí su autoría, a pesar de que ninguno de los 20 tweets me resultaban familiares. Esforzándome un poco y viendo la fecha de publicación (25 de agosto de 2011) se me vino a la mente el vago recuerdo de haberla creado el día después de que Lu me cortara.
No voy a incluir un link, por la naturaleza de la cuenta: la hice porque sabía que no podía desahogarme por acá, porque ella podía leer todo y yo no quería... yo quería cuidarla. Más que nada en el mundo. Pero necesitaba desahogar, y no había nadie. Al recordar esa cuenta, recordé también el segundo blog que creé en octubre pasado, por la misma razón. Cincuenta y nueve entradas, las más amargas de mi vida. Las más patéticas. Las más crudas. Simplemente porque en un principio no había con quien hablar, porque todo había sido tan rápido, tan prohibido, tan distinto, tan sutil, tan real, tan estúpido, tan natural, tan oculto, tan discreto, tan alevoso, tan total, tan secreto, tan bonito... y yo no podía conmigo. 

(Y Dios, qué mal me hizo volver a leer eso)

A veces, no termino de entender cómo hice para sobrevivir esos meses. Sin exagerar ni un poco.


Hace un par de días que vengo pensando en ese Twitter, y ese blog, y este; todas las entradas dedicadas a ese rayo que me partió los huesos y me dejó estaqueada en la mitad del patio. Y en más de una ocasión me he preguntado por qué esta vuelta no escribo tanto, en este duelo que todavía no sé hacer. Quizás sea que la desilusión es mucho más grande, tanto que no puedo verbalizarla (el mundo es mucho más gris y todo mucho menos intenso). Quizás sea que ahora tengo más rincones en los que llorar, y al menos no estoy sola. Quizás sea que esta vez tengo más en claro lo que tengo que hacer, pero estoy mucho menos convencida de querer hacerlo.

Quizás no esté tan segura de haber cerrado nada.

Y todo, todo me sigue doliendo como el primer día. 

(Me cuesta pensar que hay gente que pasa por esto más de una vez en la vida; me horroriza pensar que hay quien elige este dolor por miedo a jugarse)

viernes, 28 de septiembre de 2012

Todavía no sé bien cómo conciliar ciertas realidades.

Ayer pensé mucho en Pedro, y hoy, temprano, se me volvió a presentar. Lo veo y no lo recuerdo; su imagen es borrosa y se mezcla con la de Sam (pero Sam es un idiota y Pedro era solamente un chico). Pero me acuerdo de su casa, no muy lejos de la mía, y de la tarde lejana en que nos conocimos solo por un par de horas. 
Sí, Pedro se me antoja un nene; sin embargo, quizás haya tenido la edad que ahora tiene la mayoría de mis amigas y yo haya sido solo apenas un poco más grande (claro, cuánto más madura que ahora). Las circunstancias del encuentro permanecen claras en mi memoria, pero no vienen al caso. Otras cosas son una especie de rompecabezas; recuerdo estaba nublado y  recuerdo su sillón, que había muchos de sus amigos ahí, que estudiaban Relaciones Internacionales y recuerdo haber hablado mucho, a pesar de mi tradicional reticencia a sociabilizar. Más que nada, lo recuerdo a él, serio, hablando en un giro bizarro de la conversación:

«Yo creo en Dios, la verdad, aunque no me importa demasiado. Pero sé que cuando me pase algo malo, bueno. Ahí me voy a acordar, y me va a importar; por ahora no.»

Ayer caminé a casa, en la noche fría, pensando en él. No en Dios, sino en el concepto de la vida que tiró Pedro, traspolado: que te pase algo malo para reaccionar, para crecer, para madurar.  Me dio escalofríos y rogué no ser esa clase de persona, porque las cosas malas suceden -siempre suceden- y es mejor estar ya armado para recibirlas (aun cuando nunca sea una experiencia agradable). Ahorrar lágrimas y dolor, crecer por las buenas, crecer más.

Casi no pude dormir pensando en eso y en otras cosas más. En la chica con quien me volví a cruzar anoche, después de 24 meses, y la expresión de su cara al confesarse perdida. La infelicidad pobremente disfrazada de burla, y un par de sonrisas realmente genuinas ante el reconocimiento de uno mismo en el otro. En la chica que horas antes me había dicho «esta es mi sonrisa grande» sin recordar que yo no necesitaba esa aclaración porque la había visto muchas veces hace 15 meses (y cada vez que lo pienso me convenzo más de que fue amor, le guste o no). En el chico sentado en el sillón blanco sin saber que perdió su oportunidad con quien realmente contaba mientras perdía el tiempo agregando nombres a esa lista estúpida que jamás va a valerle de nada. (En Gonza, que alguna vez tuvo sus objetivos y sus sentimientos tan claros y ahora se hunde en una escoria que no puede reconocer como tal y que, aunque no se dé cuenta -y aunque dé para mucho más-, le impide avanzar hacia ellos)
Y cerré los ojos.

Al despertar, Sam. Obtuso, irrisorio. Desubicado. La satisfacción de no haber tenido que esperar a que me pasara algo malo para reaccionar con él; de no solo haber caminado por la cornisa sin caer al abismo: de haber podido alejarme completamente. Y 7.30, un mensaje.

«¿Mañana me acompañás a la mutual?»
«Os cors. ¿Qué pasó?»
«Desp te explico. Creo que me decidí a hacer algo por mí.»

Saber todo al instante, sin palabras. Entender las horas despierta y los minutos esperados para enviar el sms. Comprender la metida de pata que con seguridad hay de por medio. Y recordarla ebria, tequila de por medio, llorando un poco pero también retando: Vos estás por encima de esto. Al fin y al cabo, hoy estamos acá con vos y no en otro lugar. Dos meses antes de eso, apenas si nos conocíamos.

Algunas horas después, termino el Triple Mc y me pongo la campera. Repito lo mismo que vengo repitiendo hace una semana: Que vos ya no seas la persona de la que me enamoré no quiere decir que yo la haya dejado de amar. Porque cada vez que lo pienso me convenzo más de que fue amor, le guste o no, y porque todavía no sé bien como conciliar ciertas realidades.
Camino bajo el sol, llego a horario: la mujer en el lobby registra mi nombre y a qué oficina me dirijo. Otra mujer viene conmigo; tiene el mismo turno, pero la veo tan frágil que no me pone nerviosa. Vamos a estar bien. Toca timbre y luego se disculpa mil veces por haber tocado y por quién sabe cuántas cosas más. Yo no estoy tan mal, pienso, pero más tarde voy a recordar no haber escuchado que se le quiebre la voz ni por un momento (y a mí me va a haber pasado varias veces). Pasa ella, espero, se va. Paso yo.

«Toma asiento. ¿Por qué querés empezar terapia?»

(No, que no te preocupe qué vas a contestar a esa pregunta, porque si te enroscás por adelantado te vas a arrepentir y no vas a ir nada)

martes, 25 de septiembre de 2012

Locket

Mi trabajo requiere que colabore con muchas personas, algunas a quienes veo solo una vez en la vida. Aun a aquellas con quienes trabajo regularmente no las veo demasiado seguido y se ubican en oficinas alejadas, lo suficiente como para que la posibilidad de establecer un vínculo que vaya más allá de saludarnos cuando nos cruzamos sea un poco utópico.
Sin embargo, acaba de entrar Marcela, una de las supervisoras del Departamento de Enfermería, alguien a quien respeto profundamente por muchas razones. Entró para darme «una pavadita, un recuerdo de mi viaje; para vos, que sos una copada». Solo para eso. Entró y se fue, y me dejó apretando entre las manos este relicario de Estambul que también es una uña de dragón o un pelo de unicornio.

Y yo recuerdo mi último pensamiento de anoche: cómo me gustaría poder verme con los ojos de Malena. De Aldy, de Espe, de L quizás; de Karu, de Vico, de María. De Marce, ahora.  

lunes, 17 de septiembre de 2012

Pins and Needles

Tengo un temita. Bueno, en realidad tengo varios, pero hay un par que son populares y recurrentes.

Tema 1. Mi hermano y yo tenemos un problema que él desconoce: nos gustan las mismas mujeres. A ver, es menos patológico de lo que quizás suena. Cuando tenía dieciocho, se puso de novio con mi amiga a quien amo profundamente. Cuando se mudó a Buenos Aires medio que perdí el rastro de con quién salía y con quién no, pero se casó y yo desarrollé un enamoramiento platónico importante hacia mi cuñada (a quien prácticamente conocí el día del civil) y -más aun- supe instantáneamente que él había salido un tiempo con la testigo por mi propia reacción hacia ella (así se conocieron mi hermano y mi cuñada).

En fin. Una vez le preguntaron qué clase de chicas le gustaban, y él contestó sin dudar: «Las que están locas». Y así somos, che. Nos gustan las locas. Sin embargo, cabe aclarar que a pesar de la evidencia contraria (hasta mi hermano diría que yo me he ido al carajo con eso), nos gustan las locas lindas, no dañiñas. ¿Se entiende la diferencia?

El viernes a la noche salí a cenar con Orne y una loca linda. No nos conocíamos más que de vista, pero pegamos onda inmediatamente. En las tres o cuatro cuadras que hicimos solas (la pasé a buscar por el trabajo) hasta el lugar de la cena (Kerry Keel, VAYAN) charlamos como si nos conociéramos de toda la vida y nos reímos mucho. Al llegar al bar, ella misma le hizo un par de comentarios al respecto a Ornella (quien últimamente me hace gancho hasta con el semáforo de la esquina de su casa). Por supuesto que, al terminar de cenar, la acompañé hasta el hotel. Volvimos charlando de cómo el fin de semana anterior las dos habíamos estado en Villa Gesell (que en invierno está vacío) y no nos cruzamos. Ambas habíamos ido con amigas; en mi caso, a acompañar a Pau a la casa de tatuajes.

Y he aquí el tema 2. Tatuajes y piercings (porque lo prometido es deuda, Sol). Cuando nos conocimos, Pau tenía -creo- tres (o cuatro, pero solo recuerdo tres) tatuajes y dos piercings (uno en la lengua, otro en la panza). Desde el vamos, al surgir el tema, le comenté mi postura tradicional, que sigo manteniendo: no. 
Mi primer problema con los tatuajes es que no les encuentro sentido. Estéticamente, no me resultan agradables. Objetivamente, la gente de Brothers TattooGesell es genial. Son artistas increíbles. Pero el color de la tinta cambia, y el verde que toma es simplemente desagradable (asqueroso, esa es la palabra que suelo usar). La piel se estira y se arruga, y en muchos casos los bordes bien definidos se difuminan. Horrible. Y no empecemos a querer argumentar que tienen un sentido que va más allá de lo estético, porque ahí es cuando me rebelo. No, chicos, no. Si algo significa tanto para vos, demostralo, vivilo. Es la máxima de la escritura «show, don't tell» aplicada a la vida. ¿Extrañás a tu primo político en cuarta generación? No te tatúes las iniciales en una letra que ni se entiende en un lugar donde además no se ven; viví de modo que lo honres. ¿Superaste tu trauma? Claro, sí, que te hayas marcado permanentemente con algo que te lo va a recordar toda la vida me lo demuestra con total claridad. ¿Amás a tu novia? Tratá de no estampillarla contra la pared cada vez que podés, en vez de ponerte ese dibujo horrible que encima seguro vas a tener que borrar de algún modo cuando te deje por haberle metido los cuernos. Porque ese es mi segundo problema: más de la mitad de los tatuajes terminan borrados o cubiertos, simplemente porque somos seres dinámicos (ni hablar si el tatuaje está mal hecho o es en algún idioma que no conocés y después de hacértelo te enterás que no dice lo que pensabas -ahem, Pau, ahem-). Lo que hoy nos es terriblemente significativo quizás mañana sea algo de lo que nos riamos o que simplemente haya perdido sentido. Y está perfecto que así sea; es genial que superemos cuestiones o cambiemos de parecer en ciertas cosas, pero los tatuajes son para siempre. Esa es la joda. Lo cual se constituye en mi tercer problema: un tatuaje te ata. Se queda con vos. Lo elegís y no podés desdecirte. Y va más allá de eso: se borra, pero no desaparece. Queda ahí, y lo tenés que retocar, y cada vez gastás más dinero en él, y cada vez te duele más el retoque. Es como una mala relación en la que intentás, una y otra vez, cada vez con más ahínco y sacrificio, pero siempre te terminás peleando. Hasta que te cansás y decidís que no va más. Pero el tatuaje no hace las valijas y se muda de nuevo a lo de sus viejos; a él no podés no atenderle las llamadas. Se queda ahí, feo, arrugado, borroneado (y volvemos a mi primer problema). A menos que decidas (con más dinero y más dolor) eliminarlo. Y si lo vas a terminar eliminando, ¿para qué hacerte algo permanente?
En fin. De los piercings ni hablo porque me la sale la facha de adentro. ¿Un piercing? Bueno. ¿Hacerte mil? ¿En lugares hiper dolorosos que no ves ni vos y solo recordás cuando te golpeás? Me parece una conducta autodestructiva tan obvia (e idiota) que ya ni es graciosa. En serio. Los prejuicios nunca son buenos, pero la verdad es que cuantas más perforaciones tengas, más me voy a preguntar cuál es tu trauma de la infancia.

Y si lo vas a hacer, bueno. Por lo menos hacelo con inteligencia. Esperá las vacaciones, andá hasta Gesell; pasá por el Mc, pedí un cortado y lleváselo a Demian (por ahí te pasa como a mí y te regala un aro para que te perfores la panza -sí, sí, ya voy-): Avenida 3, n.º 510, Galería La Recova al fondo.
Que te tatúe Seba.

Una rama de cerezo. Porque Pau ama la cultura japonesa (y porque necesitaba tapar el tatuaje que se hizo a los 15 que, sospechamos, decía «VENDO MOTO»).

martes, 11 de septiembre de 2012

Otra idiota que no leyó la letra chiquita

Cuenta la leyenda que Euge iba caminando por la calle muy feliz, escuchando Obsesionario y sintiendo en la cara ese sol de jueves al mediodía, cuando pensó: 

-¡Qué lindo día! ¡Qué ganas de tener un perro para sacarlo a pasear en este día hermoso y dar unas vueltas!

Y bueno. 
Estaba recordando que en algún momento tenía la firme creencia de que a mí los deseos a menudo se me cumplen, pero de la forma más retorcida y distorsionada posible, lo suficiente como para no poder disfrutarlos. Puede que no haya estado tan errada.

Diez días después, Lu me cuenta que con la mamá encontraron un perro con moquillo; que está muy enfermo y que lo va a cuidar ella. Le digo, como siempre, que me avise si la puedo ayudar en algo, y ahí salta el tema: necesita reubicar a Kimbra

Así que sí, tengo a la perra instalada en mi departamento de dos por dos, y aproveché para emplear a Papu (el papá de mi amiga Jimena, una de esas personas buenazas que agotaron toda su buena suerte en los primeros 25 años de su vida y ahora la tienen demasiado cuesta arriba) como paseador. 


Dijo Madi, cuando le llevé a Crisis para que se quede con ella estos días: «Me imaginé que venía por ese lado».
Dijo L: «¡¿Qué hacés con la perra ahí?!»
Dijo Ale: «Ah, bueno, ya somos como una gran familia... DECIME QUE EL PERRO NO ES DE LUCÍA».
Dijo Florcha: Nada. Porque no le pienso contar directamente; me va a retar de acá a Navidad.

El tema es, hay antecedentes. Anoche pensaba en eso, en todo lo que ha cambiado en un año, y como estamos más o menos en la misma, igualmente. El año pasado, para el cumpleaños -veinte días después de cortarme-, Vico le regaló a Lu una hermosa perrita a la que le puso por nombre Zooey. Claro, el problema era dónde tenerla, porque ella todavía vivía con la mamá y faltaba por lo menos un mes para que le entregaran el departamento donde actualmente está. Así fue como Zo terminó quedándose más de una vez en casa.
Zooey, en brazos de Vi. No se puede ser tan linda.
Dijo Gonza, una vez que vino a tomar mate a casa antes de entrar a la facu y me encontró con el uniforme del laburo todavía puesto y desinfectando el piso a brazo partido: «Vos sí que sos una amiga, Euge». Je, Gon. JE.

Lu a menudo pasaba por casa y hasta se quedaba a dormir, y así fue que se dio el primer contacto con Seba, quien vive en el piso de abajo y nos pasó una nota quejándose por los ruidos molestos (re: la televisión muy fuerte; no voy a reproducir el comentario que hicimos en ese momento al respecto de la queja). Sin embargo, en ningún momento se me ocurrió hacerlo para sacar ventaja de la situación. Después de un par de días me encariñé con la perrita (le decía bebi, cosa que hacía que su dueña se enojara bastante -la culpa la tenía ella misma, que había acostumbrado a Zo a que respondiera más a ese apelativo cariñoso que a su propio nombre-) y jugábamos bastante cuando nos quedábamos solas.

(Pero cuando en marzo -después de más de un mes sin contacto- Lu me dijo que la había regalado y le hice saber que me había dolido un poco que no me avisara, me contestó con toda sinceridad: «¿Por qué te iba a avisar?»)

Cuestión: Crisis se mudó temporariamente con Madi, y Kimbra se queda conmigo. La culpa de fletar al gordo no me la van a sacar ni tres kilos de chocolate Cadbury, pero bueno. Podemos probar, jeje.
La casa prefiere chocolate sin TACC
Otras opciones: cupcakes. Sin ironías ni sarcasmo...
Pero no todo es tan sencillo.

Primer acto
Lu me deja a la perra, me da las explicaciones que considera pertinentes y sentencia: «Pobrecita, cómo va a sufrir». Me muerdo la lengua para no contestarle «Gorda, es un perro», primero porque está a punto de llorar, segundo porque voy a sonar como mi mamá y tercero porque ella va a pensar que lo digo en tono derogativo, cuando en realidad lo que quiero decir es que los perros son más inteligentes que nosotros y se adaptan mucho mejor. Y menos mal que no lo digo, porque cuando salimos del departamento porque ella tiene que volver a cuidar al osito de peluche que está enfermo (es un osito, no le cabe otra descripción; lo mirás y te enternecés instantáneamente), Kimbra ladra y rasguña la puerta como si del otro lado la estuvieran achurando. La veo cerrar los ojos y es uno de esos momentos en que yo desearía poder abrazarla, pero si lo intento todo lo que voy a lograr es que me golpee.

Segundo acto 
Vuelvo a subir, cuelgo la ropa que estaba lavando. Kimbra inspecciona sin romper nada, todo un logro. Nos disponemos a salir cuando me suena el teléfono. Lu. «Mamá quiere un juego de llaves de tu casa, así por ahí la saca a pasear ella, o la saco yo». Telón.

Tercer acto
Salimos. La idea es: 1) llevarle a Papu las llaves de casa, 2) que en el futuro Kim no me ensucie el departamento (sé que no lo va a hacer porque es super limpia, pero tampoco es cuestión de que sufra), y 3) que la perra se canse lo suficiente como para que duerma tranquila, a pesar de que Lu generalmente tiene el sueño cambiado y por lo tanto quizás también lo tenga la perra. No es la primera vez que salimos solas, por lo que no debería haber problemas. Error. La zona de mi casa es mucho más transitada que la de la casa de Lu, a pesar de que nos separan solo unas cuadras. Hay menos árboles con pasto alrededor  y más perros callejeros. No es que Kim sea camorrera, o al menos no solo eso: no está castrada aun. Las primeras cuadras corto clavos, de puro perseguida. Por otro lado, me preocupa que los nervios del cambio puedan hacer que ella no llegue a, ejem, aprovechar la salida. Diez cuadras después (¡diez!) respiro aliviada. En fin. Llego al trabajo de Papu, toco timbre. Cuando sale él, la perra le salta como si no hubiera mañana. Tengo un mini paro cardíaco hasta que compruebo que no lo ensució; si llegaba a tener problemas en el trabajo por eso, me moría. 
Sorteamos con éxito todos los obstáculos y llegamos a la plaza. Kimbra está feliz y yo también, por lo que cuando ella tironea  porque quiere correr, yo apuro y la sigo al trote. A los treinta metros escucho claramente algo que en el momento se me antoja «un ladrillazo». La perra también lo escucha, y frena. Miro para atrás y se me va el aire. En la vereda de cemento, en setecientos dieciocho pedazos, está mi celular nuevo. Sí, este. Que compré hace mes y medio. Junto los pedazos y no sé cómo llego a sentarme en un banco, cerca. Tengo esos cinco segundos tan míos en los que casi me largo a llorar ahí nomás y pienso mil cosas al mismo tiempo. La primera, que Lu va a querer saber cómo está la perra y no voy a tener cómo comunicarme con ella. Pongo la mente en blanco y me empiezo a reír: eso también es muy mío. Lo armo. Lo miro. Nada quebrado, pero tres esquinas están completamente limadas; el teléfono venía con defectos y este jueves pensaba ir a cambiarlo, pero eso ya no es una posibilidad. Si no prende, son $600 tirados a la basura. Bueno, ahí va mi sueño de un secarropas. Apreto el botón y... efectivamente, no arranca. Sin embargo, según L soy muy del campo y ahí tenemos una expresión: «seguidor como perro e' sulky». Así soy yo. Va de nuevo. Y prende, y vuelvo a respirar, aunque todavía no me animo a fijarme si anda todo. Eso queda para casa. 
Regresamos casi corriendo. A modo de prueba, le escribo a Ale. «¿Querés que salgamos a caminar mañana a la mañana?» Cuando llega a la esquina de casa, a las 6 a.m., Kimbra y yo ya estamos listas. Como buena exagerada que soy, llevo polera, chaleco, pullover, campera, calzas y jean. Sin embargo, es un día hermoso. 
Además de ser hermosa, es rapidísima para robar comida. Pero esa es otra historia...