Mi trabajo requiere que colabore con muchas personas, algunas a quienes veo solo una vez en la vida. Aun a aquellas con quienes trabajo regularmente no las veo demasiado seguido y se ubican en oficinas alejadas, lo suficiente como para que la posibilidad de establecer un vínculo que vaya más allá de saludarnos cuando nos cruzamos sea un poco utópico.
Sin embargo, acaba de entrar Marcela, una de las supervisoras del Departamento de Enfermería, alguien a quien respeto profundamente por muchas razones. Entró para darme «una pavadita, un recuerdo de mi viaje; para vos, que sos una copada». Solo para eso. Entró y se fue, y me dejó apretando entre las manos este relicario de Estambul que también es una uña de dragón o un pelo de unicornio.
Y yo recuerdo mi último pensamiento de anoche: cómo me gustaría poder verme con los ojos de Malena. De Aldy, de Espe, de L quizás; de Karu, de Vico, de María. De Marce, ahora.

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