Debo haber tenido 16 años, no mucho más, cuando Rory me lo mencionó por primera vez. No recuerdo sus palabras exactas, pero básicamente me dijo que la forma en que mamá miraba le daba miedo a veces (por alguna razón tengo la imagen de hielo y la sensación de frío; probablemente su descripción haya estado relacionada con eso). Mamá es la persona más buena y amable del mundo, por lo que su declaración me extrañó mucho. Al preguntarle al respecto, se río.
«¿En serio me preguntás? Por ahí no te das cuenta porque estás acostumbrada, pero a veces hacés algún comentario en chiste cuando ella está hablando en serio y te mira como si te quisiera matar; da miedo. Por ahí sos inmune porque heredaste esa mirada.»
Supongo que ahí es donde comenzó la consciencia de que muchas cosas se me pasan sin que yo las registre, y con ella la costumbre de observar y analizar todo lo más posible para compensar.
(Por eso me sorprende y hasta me causa gracia que haya gente que piense que creo sabérmelas todas... aprendí que no de esta y de la peor manera. Pero esa es otra historia que hoy no viene al caso)
Anoche, en el boliche ese que realmente no me gusta (porque no me gustan los boliches, prefiero los bares) pero que me gusta mucho más que otros, pensé mucho. Sí, también bailé, canté, etc., pero por una u otra razón pensé. En Nat, mucho, con cada desubicado (pero no es algo que vaya a decirle). En gente que ya no está acá. En gente que podría haber estado. En realidades alternas. En cosas que nunca fueron, que podrían ser, pero no. Y cuando me reí, el contraste debe haber sido notorio, porque se me acercaron dos flacos casi al instante. «Te cambió la cara,» me dijo uno «estábamos preguntándonos qué te pasaría que estabas tan enojada». No dijeron nada más; se fueron, y me dejaron pensando de nuevo.
Si tengo cara de enojada cada vez que me pongo a divagar inocentemente, estoy sonada.
(Aunque eso explicaría mucho, incluyendo varias discusiones)

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