Mi primer celular fue un regalo de papá. Un regalo porque sí, porque él quería; no era mi cumple y yo no se lo había pedido -no me interesaba ese tipo de tecnología-. No sabíamos mucho de compañías telefónicas ni nada de eso, y con la poca difusión del servicio todo daba más o menos lo mismo, así que fue Movistar.
(Todavía recuerdo a papá entrando a mi habitación en esa tarde gris, con la cajita entre las manos, un Nokia 1100 que no estoy segura de que realmente pudiéramos pagar)
Cuando me decidí a cambiarlo, fue -por supuesto- por una mujer. Me fastidiaba mucho tener que borrar sus mensajes, me daba algo de pudor ver mi celular al lado de su Sony w300 tan lindo y moderno, quería poder asignarle una canción especial y saber que era ella quien llamaba. También quería comunicarme más fácil, así que cambié de compañía; adquirí una línea Claro. Y lo nuestro fue siempre tan platónico que resultó una maldición (muy similar a la Maldición del Bambino) que se expandió a todas mis relaciones: desde entonces, toda persona con quien he tenido oportunidad real y concreta de vincularme sentimentalmente ha tenido -indefectiblemente- Movistar.
La semana pasada, por razones varias, me compré un equipo nuevo y cambié mi línea a esta última compañía. Mi suerte traicionera y yo estamos esperando que, por supuesto, ahora solo me busque la gente que tiene Personal.
![]() |
| Momento minita: cuando se iluminan, las teclas son de color rosa. |


No hay comentarios:
Publicar un comentario