(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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domingo, 22 de julio de 2012

Las vacaciones de invierno son de los momentos más difíciles del año, con el 90% de la banda amiga que aguanta el corazón fuera de la ciudad. Entonces pienso y reevalúo esto de depender, o más bien «pender», de los otros para subsistir saludablemente. No, no es dependencia; es la experiencia que dice que no importa arriesgarse a confiar y abrirse, mostrarse, porque hay todo por ganar y nada por perder. Nada por perder porque la desilusión igualmente pareciera ser el estado natural de la vida, inevitable aun en soledad, y hay cosas que no podemos hacer solos.
Entonces, si igualmente nos vamos a sentir mal y decepcionados, ¿por qué no darle a alguien la oportunidad de que haga nuestra vida un poco mejor? Un poco o un montón, porque la amiga que accede a almorzar con vos un jueves de asfixia, te regala el sol. Y quien se queda con vos hablando por teléfono hasta cualquier hora solo porque lo necesitas, bueno. Quieras o no, te está llevando la mitad de la carga, gustosa, y sin que ninguna de las dos se dé cuenta.
Y eso no es un mero detalle.

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