(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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martes, 27 de noviembre de 2012

Hopscotch

Karen cumplió años y se mudó conmigo. Temporariamente, fruto de la necesidad impuesta por una ciudad que rechaza a la gente que llega para quedarse como si fuera un órgano no compatible -uno rara vez deja de ser visitante, por acá-, pero se mudó y nos cambió la vida. Karen empezó a leer [más, ponele], se espabiló bastante, aprendió a vivir según las reglas de la Melecueva (y así pasamos varias noches durmiendo en el piso mientras nuestras camas eran ocupadas por gente que recién conocíamos). Yo empecé a ir a la playa, a hablar de mis cosas, a salir un poco [bastante] más. En el medio, mi cumpleaños. Y Karen aprendió a regalar libros.

-Me tenés que decir cuál querés.
-Hmm... Juan dijo que se iba a poner con Hesse, así que vos podés quedar a cargo de Rayuela.

Pero el libro nunca llegó, porque ante todo Karu es un cuelgue, y yo tenía ganas de leerlo, pero no tantas. Mentira. Las ganas no faltaban, nunca faltan, pero el miedo siempre fue mayor. Miedo a que un libro, un estúpido libro, terminara de romperme, de quebrar la frágil estabilidad que tanto había costado conseguir.
(Miedo a recordar que ella solo había leído a Cortázar y yo solo a Borges, y eso tendría que haberme dado la pauta)
Miedo a convertirme en un estereotipo, ¿o no es el libro de cabecera de toda torta que se precie?
(Y me acuerdo de Mai diciendo «Vos, como torta, la verdad...» y mi necesidad reprimida de aclararle «torta, lo que se dice torta...», y mi silencio porque lo que ella piense me importa demasiado -e instantáneamente recuerdo al Jefe de Mantenimiento, «¿Cómo que estás "aprobada"? Decime que la mandaste al carajo, vos no necesitás aprobación de nadie», y lo quiero aun más, como al hermano mayor que no tengo-, aunque en realidad me interese mucho más lo que piensa su hermana)

Entonces entramos en la librería un sábado por la tarde, un poco muertas de frío las tres, buscando «Guardapolvos» para Gonzalo porque hay demasiado tiempo entre pelis, y lo veo. No me doy cuenta, pero lo levanto buscando el precio. Sí, eso hago, y cuando reacciono lo dejo como si quemara, intentando disimular (No, nunca leí Rayuela, no me juzgues). La visita dura poco; no importa, me deja pensando.

Tengo que hablar con Karen. Creo que ya estoy lista para ese salto en particular.


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