(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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lunes, 21 de mayo de 2012

Limón y sal

La misma noche que hablé con Lu por última vez hice una cita con Flor para juntarnos con el Sr. José Cuervo en su casa. «Celebremos», le dije, sin saber muy bien a qué me refería, pero con ganas de dejar atrás el último año.
(Asqueada, esa es la palabra; estaba asqueada de mí, pero sobre todo -por primera vez- de Ella)
El encuentro, que iba a ser de carácter hermético (las indignidades hay que vivirlas en privado, la humillación tiene vida propia), terminó siendo poco menos que una reunión social -con transmisión en vivo vía Twitter incluida-. Y a medida que la noche avanzaba, y me acostumbraba cada vez más al olor a alcohol etílico del Sol Azteca, nos fuimos aflojando. Me enteré de exactamente cuánto barro había estado tragando todo este tiempo (bueno, siempre hay lugar para más, no lo dudo), pero no me sorprendió: ya había quedado claro hacía un par de días.
Entonces comenzamos a hablar. A la gente como yo el alcohol no le afecta demasiado; camino con el corazón en vitrina y, para bien o para mal, pienso y siento todo lo que digo. Mi recurso de autodefensa es una conciencia tranquila, llena de buenas intenciones. No me escondo, no me sale; todo lo contrario (quizás por eso me gustó tanto Captain America, aunque Billy Evans no me inspire ni un poquito). Pero hay gente que necesita hacerlo (quizás sean más inteligentes que yo, con seguridad) y el alcohol actúa como desinhibidor. Así es como terminé teniendo una de las conversaciones más extrañas (y más maravillosas) de mi vida, mientras en mi cabeza resonaba Lisa Loeb con la misma claridad de siempre: you try to tell me that I'm clever / but that won't take me anyhow, or anywhere, with you. Y ante la epifanía, la enunciación:

-Ser buena persona no te gana nada. Nadie quiere estar con una «buena persona». No me malentiendan; yo no digo que necesariamente busquemos a propósito a la gente jodida, pero si pregunto qué clase de personas les resultan atractivas, o cómo es la persona ideal para ustedes, nadie me va a decir: «Morocho, ojos verdes, buena persona». Ahora nos parece que lo damos por sentado, pero la verdad es que ni lo consideramos.

Sin embargo, entre los murmullos generales de aprobación, la mano de Florcha zumbando en el aire fue como un cachetazo propinado a tiempo.

-Yo sí- dijo, sin ningún tipo de ironía.

La miré y pensé en todas las veces que la había visto sonreír al hablar de Leo, su novio; en sus «¡yo con este me caso!» totalmente honestos que desafían los 20 años de los dos, en su felicidad inempañable, y me sentí una idiota.

El episodio se repitió en mi cabeza una y otra vez, más allá de la resaca y de las semanas que siguieron, con la horrible sensación de estar errándole a la vida, de ser la misma clase de persona que compadezco. Y quizás haya sido ese sentimiento lo que me cambió; empecé a ver las cosas de modo un poco diferente, y un día me di cuenta que lo que antes me parecía deseable ahora se quedaba corto, era insuficiente.
No hace mucho intenté explicarle a alguien mi duda respecto a si existe la gente mala. Por supuesto que hay gente que hace cosas malas, que actúa mal, que es mal intencionada... pero a mí me cuesta despersonalizarla lo suficiente como para catalogarlos como «mala gente»; no logro no verlos como enfermos, víctimas de su pasado, de una patología, o de ambas. No logro sentir más que lástima por ellos.
(Soy una hija de puta, pero no soy mala persona, me dijo la última vez que fuimos nosotras, y la dejé besarme, y la besé entre las lágrimas -suyas, suyas- y la amé un poco más que antes, sin darme cuenta que eso no hacía ninguna diferencia, como siempre)
Pues bien, supongo que he madurado, porque ya dejó de bastarme esa cualidad de «no mala persona», o de «buena conmigo». Dejó de darme lo mismo. Dejó de ser secundario, un agregado, un corolario. 
Y eso me hace sentir mucho mejor conmigo misma.

Means to an end

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