Hoy me levanté pensando en que el clima se acopla a mis planes, y me parece genial.
Me levanté pensando en la cara de Florcha, ayer; cara de qué ganas tenía de verte. En Vico, que no se cansa de decirme cosas buenas respecto a mí, pero más que nada no se cansa de intentar entender. En L, que no tiene miedo de que la haga quedar mal si me presenta a una amiga. En Gisi, que viene a cenar la noche antes de un parcial porque no quiere dejarnos en banda, y me propone que salgamos juntas como si yo fuera la persona más divertida del mundo. En Sofi, que camina cincuenta cuadras con viento marplatense de frente solo para que improvisemos una versión horrible de Linger. En Nako, que me sorprende: no importa que ya no tengas facebook, de alguna forma vamos a hablar. En Seba, que se ríe, pero no duda en comenzar a trazar planes de supervivencia en caso de apocalipsis -ni en incluirme en ellos-.
Me levanté pensando en Silvia, mi profesora de Introducción a las Relaciones Internacionales, que el primer día de clase se despachó con un «en toda relación siempre hay alguien que quiere más» (y en mi hermano y mi cuñada, que son la prueba viviente de que esa afirmación no es completamente verdadera, pero esa es otra historia).
Si toda cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, entonces toda relación vale tanto como lo crea la parte menos involucrada. Aunque la otra mitad se defina y redefina, mate, muera y se destroce en mil pedazos por ella.
(Quizás por eso es que no vale la pena que suceda ninguna de esas cosas; porque ninguna de ellas es necesaria para una relación que valga la pena)

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