(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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miércoles, 8 de enero de 2014

Pet (Redux)

Marina siempre fue un regalo. 

Lo fue a los 8, 9 años, en el colectivo donde nos vimos (y hablamos, qué sorpresa) por primera vez camino a no-sé-qué evento deportivo interescolar. Lo fue unos meses (¿años?) después, en la puerta del conservatorio donde yo estudiaba piano y guitarra -a dos cuadras de la casa de su madre- cuando me reconoció y frenó su bicicleta para saludarme.

(Años, yo tenía 11 años y estaba a punto de cambiarme a su escuela para empezar la secundaria).

Lo fue a los 12, en un colegio donde no conocía a nadie y todos hablaban un idioma que aun no entendía (literalmente; ella fue, informalmente, mi primera y más eficaz maestra de inglés).

Lo fue a los 15, cuando decidí cambiarme de secundaria un poco por capricho y otro poco por ser consciente de que mis padres ya no podían pagar la media beca que el colegio requería. Sé que eso le costó muchas lágrimas que no pudieron cambiar mi parecer, pero valieron el conocimiento de no ser completamente irrelevante en esta tierra.

(También fue, a esa edad, la primera persona fuera de mis padres que me dijo que me amaba -de un modo muy platónico, pero no por ello menos real-).

Lo fue a los 19, internadas un mes preparando Derecho Constitucional y Ciencias Políticas, la única materia que pude estudiar como si realmente quisiera hacerlo, tomando tés de sabores y orígenes extraños y usando resaltadores de colores brillantes en fotocopias prestadas.

Lo fue a los 25, cuando nació este blog. Lo fue a los 28, en una conversación con 10000 km de distancia, tratando de digerir demasiada información de una sola vez («es todo complicado, porque es una mina, y es más chica, y está re loca -no, no agarré la costumbre de salir con minas sin avisarte, cosas que pasan nomás-», «vos te das cuenta toda la info que hay en esa oraciòn, no???? nada que no pueda  manejar, pero bueno»).

Y lo es ahora, a la distancia, pero a diario.

M tiene muchas ganas de conocerla, y dice que es por cómo hablo de ella. Supongo que sí, hablo de un modo especial, porque mi relación con Marina es especial.

«... tengo un defecto y es que me creo demasiado que soy especial y que la gente conmigo tiene relaciones especiales... cuando era más chica me pasaba más... defecto o no, siempre tomé las relaciones de las personas conmigo como distintas a las que podían tener con el resto, entonces, lo que hiciste o dijiste conmigo, por más que no entrara en el estereotipo de amistad convencional, yo lo tomé como algo especial, como un reconocimiento hacia nuestra amistad ... después, me di cuenta que quizás para vos no era especial, sino la única forma de abrirte (que no lo hace menos especial, sino que es especial de otra forma)... vos tenías tu mundo, tu forma de ver todo, tu crianza, para mi super rara y que en muchos puntos, no compartíamos, pero me dejaste entrar (recuerdo con mucho cariño cada momento que pasé en tu casa, siempre me trataron como a uno más y posta, me marcó mucho), me lo mostraste sin la menor vergüenza (que no deberías tenerla, pero en cierto punto, en ese momento, creo que te debe haber resultado difícil siendo yo tan distinta) y eso es lo que importa...»

Es la única persona (bueno, una de las muy, muy pocas) que, siento, sabe exactamente lo que estoy pensando todo el tiempo y tiene siempre la palabra justa, lo cual contrasta espectacularmente con mi incapacidad de saber qué piensa la mayoría del tiempo. También es una de esas personas que puede poner en palabras claras pensamientos y sentimientos muy complejos que a menudo también son míos.

A decir verdad, no tengo idea de qué es lo que ella «obtiene» de nuestra relación, pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. Solamente sé que es. Es un regalo. Y quizás sea eso, al fin y al cabo, de lo que se trata la amistad.
That two men may be real friends, they must have opposite opinions, similar principles and different loves and hatreds.

François Rene de Chateubriand -

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