(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

martes, 28 de enero de 2014

Solitude

En 2008, Marina y yo nos reencontramos en nuestro Tandil natal. Hablamos, un poco más de lo que habíamos charlado por mail, pero tampoco tanto. En ese momento ella estaba de novia (conviviendo, ninguna de las dos lo hubiera imaginado jamás) con Lucas. Interesante promedio de idas y venidas, ahí, con alguna visita mía al pequeño departamento que compartían en Parque Centenario.
Creo que allí fue donde escuché por primera vez (o quizás donde lo entendí, o lo que me hizo entenderlo algún tiempo después) el concepto de espacio propio, personal, en la pareja. 
Marina lo predica, a falta de mejor término, siempre. Me lo repitió la última vez que nos vimos: «Ni se te ocurra mudarte con alguien sin tener pensado en cuál va a ser el espacio personal de cada una». Asentí, como siempre, por costumbre y convicción. Por haberlo pensado, ya. 
De chica pensaba que me encantaba pasar tiempo sola. Digo pensaba porque no sé cuánto tiempo realmente sola habré pasado en un tres ambientes donde vivían siete (en algún momento, nueve) personas. No sé tampoco cuánto de esa percepción estaba teñida por esa particular situación habitacional. Sí sé que en 2008 estar sola (realmente sola) me pegó fuerte, pero creo que eso tuvo más que ver con una sensación de abandono, desamparo y desposesión que poco tiene que ver con la soledad en el sentido más básico. Lo mismo me sucedió en 2011.
Pero ahora.
Ahora puedo decir que recuerdo bien o entiendo bien las palabras de Marina. Eso es mérito de M., y digo mérito porque es algo, de hecho, bueno. Una soledad que no angustia, que no desespera. La amo por eso, aunque a veces el monoambiente se haga aun más chico de lo que es.
Y espero con ansias el día de tener un lugar con espacios propios, que sea de las dos.

No hay comentarios: