Hoy, por ser hoy (un día como tantos otros, pero de hace ya algún tiempo atrás), me lo voy a permitir. Simplemente porque hay heridas que mejoran, pero no sanan. Simplemente porque me pregunto los motivos de Prometeo, sometido a tortura eterna por entregar el fuego a los hombres, ¿por qué razón? ¿Sería su amigo? ¿Y no sería tortura eterna para los hombres, también, ver a su amigo allí en el Cáucaso, sufriendo desesperadamente?
No sé bien a qué va la analogía, si es que la hay. Pero pienso en sufrimiento y pienso en Prometeo, encadenado; en Sísifo, empujando cuesta arriba. A veces, todavía, sufro ciertas cosas. Inútilmente, las sufro. Sufro cuando las pienso, si las pienso. Por eso prefiero que no. Prefiero no pensar en qué prefiero, porque cuando lo hago (pensar, simplemente, ni siquiera preferir) me duele todo, por diversas, muchas, razones.
Y porque en realidad, solo puedo pensar en una cosa. Una frase, que me permito:
Siempre me estoy despidiendo de vos.

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