Tengo 29 años. Vivo sola desde los 25, cuando me mudé a Mar del Plata. Aquí cumplí 26 y nadie me creyó; Rocío, un año menor, me dio 21. No conozco a nadie que me dé más de 27, y quienes lo hacen se basan en cálculos que tienen que ver con mi trabajo en docencia o los 26 años de mi hermano Manuel (porque nadie cree que Martín pueda ser 15 meses menor que yo).
Mi grupo de amigos tiene, en promedio, 24 años. Mi ex novia es bastante menor que eso, y sin embargo nunca sentí la diferencia. Cada vez que alguien trae a colación el tema de mi edad y se sorprende, bromeo con que es la inmadurez que no me permite envejecer. Quien entre en mi facebook encontrará chistes internos con mis alumnos y menciones de salidas con mis amigas, pero la verdad es que nunca me consideré desfasada, al menos no en lo que se refiere a madurez. Como para reforzar esa sensación, nunca me ha sido difícil trabar amistad con gente mayor: durante mi adolescencia todos mis amigos tenían entre dos y cuatro años mas que yo. Me encantaba hablar con la abuela de mi ex; el padre de una de mis mejores amigas viene siempre a merendar y hablar de fútbol. Nunca me costó pensar en abstracto ni formar pensamiento crítico. Siempre fui responsable y trabajo independientemente desde que terminé mi primera carrera universitaria, a los 20 (habiendo comenzado a los 16).
Entonces, más allá de las apariencias, no estoy acostumbrada a que me hagan -ni a hacerme- planteos relacionados con este tema.
Sin embargo.
Sentir que alguien con quien estuviste, y que es solo dos años más grande, podría ser tu madre (sentirte tan inmadura, tan inadecuada) es horrible.
Nunca me había sentido pendeja, hasta hoy. No sé si está bueno.

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