Viernes a la noche. Yo debería estar armando la mochila (rara vez viajo con valija), pero solo tengo ganas de sentarme y escribir. Nada en especial, simplemente escribir... quizás acerca de Emi, o de Seba (de otras cosas quizás es demasiado pronto para escribir, quizás no pueda escribir nunca). De JD y su indignación en mi nombre. De la misteriosa heroína L y sus mensajes preguntando si estoy viva cuando paso un par de horas sin dar señales de vida, como anoche. De la manera en que Crisis se me sienta al lado cuando como y me agarra el brazo con sus patitas, para que no coma sola, para que seamos dos y no esté sola.
Es raro, siempre me gusto viajar, pero hoy estoy intranquila. No quiero. No quiero pensar, pensar en todas las maneras diferentes en que podría haber resultado este viaje, en todo lo que no va a suceder, todo lo que no va a pasar nunca. Entonces escribo. Escribo sin rumbo y suena el teléfono. Paula, que debe estar viendo a Catupecu; atiendo y escucho a Fernando cantar mis pensamientos: entero o a pedazos, pero voy.
Voy. Voy... Sí, fui, y.
Aparentemente, resulta que uno no vuelve de la esperanza. Uno espera, se ilusiona, e igual de fácil se desilusiona, se fragmenta, se rompe, cambia. Uno es otro. El otro, quizás, vuelva. Pero nunca el mismo.
Y yo esta semana esperé, sin darme cuenta, demasiadas veces.
Y al final, camino solo, y aunque dé vueltas no hay vuelta atras...

No hay comentarios:
Publicar un comentario