Tengo a Benedetti en la cabeza, hablándome de espejos que no son tiernos, y me siento completamente agotada.
Yo no sé cómo se cierran determinadas historias. Me di el gusto de retar a Flor aquel sábado de puro cararrota, nomás. Hay que querer cerrar. Hay que sacar todo de adentro. Hay que saber aguantar (esperar es otra cosa). Hay que saber resignar. Hay que aceptar la derrota, agachar la cabeza, ser buen perdedor. Adoptar una actitud zen: serás lo que debas ser y si no, no serás nada (entonces, si no fue...). Recobrar el poco amor propio (dignidad, eso) que queda: si no hay amor, que no haya nada entonces (alma mía, ¡no vas a regatear!).
Y después, la puntada final: saber apretar los dientes y contener las lágrimas cuando nos asalten las dudas y nos convenzamos de que tomamos la decisión equivocada.
(En realidad, la puntada final es esa que no [me] llega [nunca]: la confirmación de que se hizo lo correcto)
No puedo hacer esto una vez por mes, una vez cada dos meses.

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