El viernes me pasó algo. Bah, siempre pasa algo, ¿no? De eso se trata la vida, una serie de cosas que pasan. Y las cosas que me pasaron el viernes no fueron, a simple vista, nada fuera de lo normal. Dos palabras, un saludo, una mirada. Mi falta de sueño, por todas las razones correctas, que igualmente me convierte en el equivalente emocional de un bebé recién nacido (Sos como un nene chiquito, de esos que me dan miedo), y la falta de filtro que deriva de eso. Encuentros previsibles, pero no por ello menos gratos. O ingratos. Un «¿te quedás?» y vuelvo a tener 13 años, y sé que no solamente me voy a ir, no voy a volver. El peso en el pecho que pensé haber superado, porque ya elegí. O quizás la elección que pesa en el pecho hasta que sale, hasta que queda ahí, afuera, para que todos la vean como a nuestras manos, que pasan tan poco tiempo separadas.
Me voy, y cuando llego planeo plantearlo, pero el nudo que tengo en la garganta no me lo permite y paso cuarenta minutos hablando de pavadas, de cualquier otra cosa, de cosas que ya sé, que ya están. Después, esquivo esquinas por las que ya no me interesa pasar y espero que me vibre el celular. Entonces, siempre, la sorpresa de que haya alguien dispuesta a curar con besos todo lo que duela (la idea de hacerme un bollito y acurrucarme contra vos para que nada más pueda tocarme por un buen rato).
Y que eso sea suficiente.

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