Les digo: ser feliz puede dar miedo.
Mucho.
Lo bueno es que últimamente estoy tan ocupada siendo feliz que no tengo tiempo para preocuparme por ese tipo de pavadas.
(Todavía tengo a Crisis escondido en el placard, helado en el freezer, un ejemplar nuevito nuevito de Rayuela esperando que llegue a casa, la voz del viejo Pablo cantando Blackbird tatuada en la piel con alguna caricia de madrugada y una doncella que es lo suficientemente dulce como para soportar a mis amigos y su locura unas tres o cuatro horas con una sonrisa en los labios)
(No sé, por ahí el mundo se termina en serio)

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