Es, por definición, miedosa. El que avisa no traiciona, y ella no me lo dijo ni bien nos conocimos, pero sí en una de las primeras conversaciones (cagona, dijo exactamente). «No te preocupes, siempre me tocan las miedosas», le dije entre risas, con esa confianza que me caracteriza al principio, cuando sé que gano (el problema viene después el problema conmigo siempre viene después, cuando ya se me acabaron las historias y las ocurrencias y las buenas ideas para buenos regalos -cuando quedo yo, solamente-). Lo pensé y lo dije sin ninguna preocupación porque, a pesar de que me niego a hacer comparaciones, algunas cosas son tan diferentes que esta vez respiro libre.
La noche del jueves fue la primera vez que se quedó a dormir un día de semana. No fue planeado; yo me iba de viaje el fin de semana y aunque nos habíamos visto un rato a la tarde me llamó para que fuera a la trasnoche del cine donde trabaja. Ya había logrado que Melissa me escribiera para ir (acá tengo una casi tocaya que quiere que vengas, yo estoy con mi prima y la novia, traeme pañuelos que por como sale la gente de la sala los voy a necesitar) -y que increíble que la persona mas reservada y mala onda que conozco haya reaccionado así a conocerla (recuerdo haberle dicho a Sol que no podía imaginar que ella pudiera caerle mal a alguien; sigue siendo cierto)-, pero ella quería subir la apuesta. «Vení y me quedo a dormir en tu casa», dijo, y me pregunto si sabría que yo ya estaba convencida desde antes.
Vi la mitad de la película que me faltaba ver, lagrimeé un poquito (me emociona ver gente que le canta a la revolución, che) y después nos quedamos un rato hablando con Meli, la prima y su novia. Como si todas fuéramos amigas de años; así de rara la escena. A las tres, salimos caminando para la plaza, mientras ella fumaba y yo llamaba el remis. Y a casa, como si fuera lo mas natural del mundo, a sacar la ropa que había quedado en el lavarropas y centrifugarla y colgarla en una silla mientras me miraba desde la cama como si yo no supiera la hora que era.
Crisis se acercó a dormir con ella -ni se percató de que yo también estaba en la cama, el pequeño traidor-, y cuando no escuché el despertador fue ella quien me llamó, con una caricia, para que llegara a tiempo al trabajo. Y al despedirme, la besé y la miré sin comparar escenas pasadas porque no había punto de comparación: no había angustia, ni sensación de finalidad. Y no pensé en sus incertidumbres, ni en las mías, ni en el discurso de bajar un cambio para que ninguna de las dos se asuste.
Y cuando llegué a casa, ya entrada la tarde, encontré sobre la mesada una macetita con una hermosa planta de flor de azúcar (mi abuela me dijo que se llama así).
Pensé en comprarte flores, pero una plantita va a durar más.
Va a durar más.


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