2011 y 2012 fueron años un poco de, por qué no decirlo, mierda. Sin embargo, no puedo evitar añorar recordar esta sensación de «bronceado metafísico» (sé que alguien -quizás yo misma- lo [d]escribió antes que yo), de sensibilidad ampliada; sentir (a una persona, un evento, la vida) en todo el cuerpo... de la misma manera en que uno siente en todos lados la ropa que roza la piel quemada.
Quería pasar la tarde en casa tranquila, trabajando, quizás escuchando algo de música. En cambio, YouTube me sugirió «Famous Blue Raincoat» y desde entonces lo único que hago es lagrimear un poco o desear cantar canciones de amor a voz de cuello. Todo muy bipolar, muy intenso, muy 2011.
No, no estoy en condiciones de analizar si vivir la vida de esa manera es particularmente saludable, pero no importa. Extraño un poco esa clase de pasión. Me gusta, me despierta, me motiva. Hace que todo valga la pena, o que las cosas triviales no la valgan.
Hay algunas cosas sobre las que vengo pensando, que tengo atragantadas. La más recurrente probablemente sea que quizás amar es no dejar nunca de extrañar a una persona, independientemente de cómo o en calidad de qué se la extrañe.
