(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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lunes, 18 de abril de 2016

Blazing

Mi tío es escritor. De todo lo que ha escrito he leído muy poco, pero uno de mis poemas favoritos es de él. Lo poco que puedo decir al respecto ya lo esbocé hace tiempo, pero hoy, al escuchar «Read My Mind», de The Killers, tuve la misma sensación que me cruza cada vez que leo esa primera estrofa (ese primer verso).

Elijo pensar que el amor nos conecta de manera permanente, independientemente de cómo. «Yo me acuerdo de todos», me dijo Lu en una de esas tantas (tan pocas) noches sin dormir que pasamos hablando de todo simplemente porque no podíamos evitarlo, y en ese momento no la entendí (y lo tomé como una afrenta personal, porque tampoco podía evitarlo), pero allí estaba la clave de todo. «Es muy loco pensar, saber, que vas a amar a alguien para siempre», me dijo M. en uno de sus raros momentos de apertura emocional, y supe que me ve y me entiende probablemente mejor que nadie en el mundo. No era una promesa de amor eterno entre las dos, sino la sentencia de una inevitabilidad que ambas intuimos, sin importar lo que pase con nuestra relación.

Elijo pensar que el amor muta, pero no desaparece. ¿Cómo podría esfumarse algo que en algún momento te hizo vibrar de punta a punta? Elijo creer que sigo conectada con la gente a la que amé, aún si nunca más nos volvemos a ver. Elijo no desterrar este sentimiento, esta certeza de que si algún día en veinte años nos cruzamos caminando por Mar del Plata, Buenos Aires, Nueva York, Beirut o Pekín, no me voy a sorprender ni un poco.



Cause I don't shine if you don't shine

sábado, 26 de septiembre de 2015

Sunburn

2011 y 2012 fueron años un poco de, por qué no decirlo, mierda. Sin embargo, no puedo evitar añorar recordar esta sensación de «bronceado metafísico» (sé que alguien -quizás yo misma- lo [d]escribió antes que yo), de sensibilidad ampliada; sentir (a una persona, un evento, la vida) en todo el cuerpo... de la misma manera en que uno siente en todos lados la ropa que roza la piel quemada.

Quería pasar la tarde en casa tranquila, trabajando, quizás escuchando algo de música. En cambio, YouTube me sugirió «Famous Blue Raincoat» y desde entonces lo único que hago es lagrimear un poco o desear cantar canciones de amor a voz de cuello. Todo muy bipolar, muy intenso, muy 2011.
No, no estoy en condiciones de analizar si vivir la vida de esa manera es particularmente saludable, pero no importa. Extraño un poco esa clase de pasión. Me gusta, me despierta, me motiva. Hace que todo valga la pena, o que las cosas triviales no la valgan.

Hay algunas cosas sobre las que vengo pensando, que tengo atragantadas. La más recurrente probablemente sea que quizás amar es no dejar nunca de extrañar a una persona, independientemente de cómo o en calidad de qué se la extrañe.

jueves, 18 de julio de 2013

Cosas que, de seguro, hace un año (hace una vida) parecían impensables.
Casi nueve meses en un día, un rato, un beso.

lunes, 13 de agosto de 2012

Mc

Alejandro y Sebastián tienen no más de doce años; estoy segura, aunque no se los pregunté. La próxima vez que los vea es muy probable que no se acuerden que, por veinte minutos, nos conocimos. También es probable que los reconozca y no me anime a saludarlos, como tantas veces con tanta gente, por timidez y miedo a quedar como una tonta. 
Sin embargo, no voy a dejar de recordar que les conté que se llaman como dos de mis mejores amigos; que Seba es el que dio la orden de ayudarme con el paquete y de cerrarme la puerta del coche, Ale el que se deshizo en silbidos intentando que el taxi recorriera la media cuadra que había entre la parada y donde estábamos, y que este último fue quien se me acercó, casi por descarte, sin darse cuenta de que ganaba seguro porque tengo el demasiado fácil.
No hablamos mucho, no quise preguntarles demasiado; solo un par de cuestiones referidas a la empresa que juntos habíamos acometido (nada simple para un domingo por la noche), un comentario sobre el poco abrigo que llevaban para la noche invernal y un pedido de ayuda, porque tengo problemas de equilibrio y seguro tiro todo, pero más que nada porque así estábamos en condiciones de igualdad. No quise o no pude, y creo que da igual, aunque me hubiera gustado charlar más mientras esperábamos que nos atendieran, contarles a dónde iba y por qué, o hablarles de la chica que por fin sonreía del otro lado del teléfono. Esa que, más tarde, en vez de retarme mientras se me escapaba algún lagrimón que no vio en la oscuridad de su cuarto (porque yo también ando con días sensibles), entendió sin necesidad de que se lo explicara que todo había sido tan por mí como por ellos.
Porque aunque necesitemos conocernos de nuevo en muchas cosas, y en más de una ocasión le erremos por lejos, hay veces que Lu sabe mejor que nadie sin que se diga nada.

jueves, 21 de junio de 2012

Guest Writing

 Siempre sentí que Lu y yo éramos parte de la misma moneda; caras opuestas, complementarias, correlativas, consecutivas, contradictorias... un caos, intrínsecamente interrelacionado, como partes de rompecabezas diferentes que aun así se ajustan perfectamente, o piezas del mismo rompecabezas cuyo dibujo no coincide. Somos las peores dos personas para estar en una relación, le escribí una vez, y se lo tomó tan a pecho que menos de cuarenta y ocho horas después me echó de su vida (ella me echó mucho antes, o mucho después, o quizás fui yo misma la que se echó, pero ninguna de las dos lo supo entonces; tampoco supimos que sería del todo y para siempre). Sin embargo me busca, nos buscamos, porque no nos entendemos. Porque, de la misma escena, las dos vemos cosas completamente diferentes. O completamente iguales, pero invertidas de algún modo.
Sin darse cuenta, se fue desvaneciendo. Huyó del mundo que le causaba dolor, pánico, angustia. Su mundo seguía de color gris, pero estaba ella sola, ella y su amigo, ella y su espíritu, ella y su alma, solas. Levantó la cabeza, irguió el cuerpo y se dispuso a beber agua de aquella brillante fuente que apareció frente a sus ojos. Hundió las manos en el agua, las llenó de líquido, las acercó a su boca y bebió. Nada parecía más perfecto, nada parecía más fugaz. Más, necesitaba más, un poco más. Hundió, ahora no las manos, sí su cuerpo en la fuente; se hundió, bebió, se desvaneció una vez más.
-Alma, -despertó- ¿dónde estás? -oyó pasos que se acercaban a ella.- Alma, vas a llegar tarde al trabajo, levantate.
La huida no le garantizaba consuelo; más de una vez sus propios sueños la habían traicionado. Su mundo había dado un vuelco tan grande que ni siquiera allí recuperaba el brillo.
Le costó incorporarse. Quiso moverse con soltura, pero apenas pudo dar un par de pasos titubeantes: la esquiva fuente parecía alejarse cada vez más. Sintió una puntada en el pecho, que le recorrió el brazo izquierdo hasta dormirle los dedos de esa mano. Se esforzó; el sonido del agua le pareció alegre, de algún modo, y pensó que quizásquizásquizás... llegó y al sumergir las manos le sorprendió el sentimiento de surrealismo; ella no estaba allí. Intentó beber, pero el líquido se le escurría entre los dedos, una y otra vez. Insistió, diez, veinte, lo que le parecieron mil veces; decidió doblar la apuesta y metió la cabeza. El agua le besó los labios, dulce y fresca, por un breve instante. Luego, de algún modo, burló cruelmente su sed, pero ya no importaba: la había probado, y esas pocas gotas no eran suficientes. No podía vivir de esos breves segundos de felicidad. Necesitaba sentirla correr dentro suyo.
Sin embargo, sin importar cuantas veces intentara sumergir nuevamente la cabeza, el agua parecía esquivarla. Se sintió presa del pánico; intentó retenerla con las manos, nuevamente sin éxito. La puntada se hizo más aguda. Miró el centro de la fuente: se veía profundo, lo suficiente como para permitirle beber, lo suficiente como para ser peligroso. La desesperación no le dejó medir el riesgo y se zambullió sin más miramientos. Su último pensamiento -ya al hundirse- fue que el agua le resultaba salada y amarga como las lágrimas de desconsuelo que había derramado hasta hacía solo unos segundos.
De repente, oyó pasos que se acercaban a ella. Alma intentó dormirse, pero no pudo.