(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

lunes, 13 de agosto de 2012

Mc

Alejandro y Sebastián tienen no más de doce años; estoy segura, aunque no se los pregunté. La próxima vez que los vea es muy probable que no se acuerden que, por veinte minutos, nos conocimos. También es probable que los reconozca y no me anime a saludarlos, como tantas veces con tanta gente, por timidez y miedo a quedar como una tonta. 
Sin embargo, no voy a dejar de recordar que les conté que se llaman como dos de mis mejores amigos; que Seba es el que dio la orden de ayudarme con el paquete y de cerrarme la puerta del coche, Ale el que se deshizo en silbidos intentando que el taxi recorriera la media cuadra que había entre la parada y donde estábamos, y que este último fue quien se me acercó, casi por descarte, sin darse cuenta de que ganaba seguro porque tengo el demasiado fácil.
No hablamos mucho, no quise preguntarles demasiado; solo un par de cuestiones referidas a la empresa que juntos habíamos acometido (nada simple para un domingo por la noche), un comentario sobre el poco abrigo que llevaban para la noche invernal y un pedido de ayuda, porque tengo problemas de equilibrio y seguro tiro todo, pero más que nada porque así estábamos en condiciones de igualdad. No quise o no pude, y creo que da igual, aunque me hubiera gustado charlar más mientras esperábamos que nos atendieran, contarles a dónde iba y por qué, o hablarles de la chica que por fin sonreía del otro lado del teléfono. Esa que, más tarde, en vez de retarme mientras se me escapaba algún lagrimón que no vio en la oscuridad de su cuarto (porque yo también ando con días sensibles), entendió sin necesidad de que se lo explicara que todo había sido tan por mí como por ellos.
Porque aunque necesitemos conocernos de nuevo en muchas cosas, y en más de una ocasión le erremos por lejos, hay veces que Lu sabe mejor que nadie sin que se diga nada.

No hay comentarios: