Corto el teléfono, con los párpados caídos del cansancio (últimamente no duermo, me desmayo bruscamente, como si me zambullera al inconsciente), y hay un mensaje esperándome.
«Esto no es normal» sentencia Ani, desconsolada.
No tengo crédito, pero le dejo un mensaje en Facebook, por si sale de la cama y se conecta.
Esto no es normal, releo. Tipeo con crudeza, casi. Es tan normal que tengo miedo de ofenderte al decirte cuán normal es.
Recuerdo cómo hace un par de días JD escribió exactamente la misma frase que ella. Y me acuerdo de mí, de la tristeza infinita del primer domingo que me desperté sin Lu, el llanto incontenible, el perfume impregnado a todo... la opresión en el pecho, las madrugadas sin dormir, el dolor físico en el brazo, la mano, los dedos... el desconsuelo hecho carne, sin exagerar un segundo. Todo pasa, pienso y escribo. Lleva tiempo, cuesta caro; uno cambia indefectiblemente y hay cosas, gente, partes de uno (las mejores, quizás), que quedan atrás. Nada es gratis.
Pero no solo es normal: parece ser la regla general.

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