Ayer me escribió, de la nada casi, y no dudé en ir. Tardé un rato, pero lo encontré con el mate listo y cara de cansado. «¿Qué le pasó a tu celular?» «Nada, ahora tengo dos...», pero no lo entendí hasta que me lo explicó en detalle y total tranquilidad. Me puso un poco triste el desencuentro, ese desfasaje al que nos vemos sometidos o nos sometemos, pero quise ponerme feliz por él. Fue liberador poder opinar sintiendo que se puede, que hay esperanza, aun sin conocerla a ella.
Entonces me di cuenta, mientras lo miraba. Lo sentí.
Jamás cuestionaría si la felicidad es posible en una pareja hétero, sin importar quiénes sean las partes (que se concrete o no es otra cosa), pero vivo cuestionándome si la felicidad entre personas del mismo género es viable.
Pediría que me avise quien encuentre la respuesta, pero es muy posible que yo le termine escupiendo el asado hasta hacerle renegar de su relación.
Así de jodida viene la mano.

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