(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

viernes, 31 de agosto de 2012

Karaoke

Si tuviera que mencionar una única característica común a toda la gente que alguna vez me ha interesado, esa es la música. No necesariamente hemos compartido gustos musicales, pero sí una naturaleza musical común que deviene en una atracción que va más allá del cliché de groupie. La música es -me dijo brilluda una vez- una experiencia trascendental, una que tal vez me cruce de punta a punta, me parta en mil pedazos y me vuelva a armar. Sé que algo está mal cuando no puedo disfrutar de ella; mis peores épocas estuvieron marcadas por el silencio monótono, y recuerdo haberme dicho que dejar de cantar era el castigo autoimpuesto más terrible, causa y consecuencia inevitable, eslabón ineludible en el círculo vicioso de la autodestrucción. Por otro lado, no puedo pensar en nada más parecido al sexo que hacer música con alguien; cuestión de comunicación, ritmos, tiempos, interacción y química. Conexión. Pocas cosas pueden generar ese ida y vuelta necesario e irremplazable.
Quizás sea por ello que no puedo pensar en nada más triste que alguien a quien le moleste que le acompañes al cantar, alguien que te mande a callar no porque piense que tus dotes musicales son nulas, sino porque sí. Para mí, no hay manifestación más clara del expreso rechazo hacia la persona. Y no sé si se vuelve de eso.

No hay comentarios: