(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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martes, 13 de marzo de 2012

Match Point

Por alguna razón, estoy segura de que tenía 5 años (quizás porque era de mañana y estaba en casa; fui a la escuela de tarde hasta cuarto o quinto grado). Debe haber sido mayo también, porque Mamá planchaba, pero no hacía calor en la casa. Y porque la recuerdo deslizándose en el court: sobre polvo de ladrillo, o al menos eso sería lo lógico; Roland Garros, evidentemente. Me resulta raro que fuera la televisión, porque no recuerdo que hayamos tenido cable sino hasta mis 12. Por ahí Cristina todavía no inventó el «Tenis para todos y todas» porque ya lo había inventado el radicalismo alfonsinista.
Eso recuerdo: un amigo de la familia, Marcelo («¡qué hacés, San Lorenzo!») tomando mate mientras mamá planchaba, y ella en la tele, flaca casi escuálida y pelo rubio cortito, deslizándose raqueta en mano sin que los lentes se le movieran un milímetro. Alguien debe haber hecho algún comentario al respecto (peroquéincreíblemirávosquemaravilla), y la verdad es que para un ser tan antisocial como yo, siempre me gustó demasiado meterme en las conversaciones ajenas.
-Yo soy como ella.
Marce rió, mamá levantó la cabeza.
-¿Cómo?
-Soy como ella.
-No, no sos como ella- me dijo, amable, pero firme. Estaba a punto de insistir, cuando lo vi hacer un ademán de atención. Nunca tuvo problemas para decir las cosas claras y en el futuro me daría uno o dos consejos buenos, demasiado como para ser seguidos.
-No sos como ella- dijo -, porque a ella le gustan las mujeres.
Abrí la boca para decirle que claro, eso ya lo sabía y... Lo miré mejor. Sus ojos, los de mamá. La manera en que el mate cebado había quedado en el olvido, lo mismo que la plancha.
-Ah.- dije. Y nos entendimos todos.


Martina no volvió a ganar un Grand Slam hasta 1993.

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