(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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domingo, 25 de diciembre de 2011

Lo esperé sentada entre los regalos el tiempo necesario, ni más ni menos. Llegó al terminar su tarea, ya entrada la madrugada, en ese instante preciso antes de que el cielo empiece a clarear. Se acomodó el traje rojo, tranquilo, y se sentó en el sillón que estaba enfrente mío, expectante, dispuesto a escuchar las razones por las que lo había hecho llamar.
-Este año...
Pero no fue necesario completar la frase; los dos sabíamos de lo que hablaba. Bajó la mirada, y yo tampoco necesité que emitiera palabra.
-Bueno, quizás el que viene, ¿no?
Me sonrió.
-Quizás... pero no puedo asegurarte nada.
Lo mire, asentí, apreté la mandíbula e hice un esfuerzo para que la lágrima que se me escapaba por el rabillo del ojo fuera la única de la noche.
-Bueno. -dije, y tomé aire para mantener la cabeza fría- Bueno, hagamos un trato entonces.
Debajo de los anteojos redondos, los ojos le brillaron con interés.
-Olvidémonos de los regalos. Si el año que viene no podés traerme una Navidad mejor que esta, mejor que las últimas... no sé, veinte, entonces...
-¿Entonces?
-Entonces en vez de traerme algo, me llevas a mí.
-¿Llevarte? -se incorporó del asiento, como si necesitara usar todo el cuerpo para entender lo que le estaba diciendo - ¿Llevarte a dónde?
Fue mi turno de quedarme callada.

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