Sentarme a escribir siempre fue una actividad catártica, nunca hubo un destinatario puntual. Aun en aquellos días de cartas interminables intentando desenmarañar lo que pasaba y me pasaba, siempre fue más un acto de introspección que de comunicación. Nunca se me ocurrió que pudiera ser diferente; nunca se me ocurrieron demasiadas cosas.
Sin embargo. L me habla de sus cosas; charlamos de su vida, de lo que escribe, y cuando le digo que tiene que ponerse las pilas con eso, me contesta que solo escribe sobre cosas que valen la pena ser contadas. Y yo, que hace mucho tiempo me prometí ver la vida con ojos frescos y nunca perder la capacidad de asombro (y, además, no tengo término medio), pienso que todo vale la pena ser contado, si se mira desde el ángulo adecuado. Pero hay cosas que no solo valen la pena, sino que deben ser contadas, porque al fin y al cabo proceso por la palabra, y eso termina siendo parte clave y esencial de este exorcismo.
Así que esta es la única historia que considero imperativa contar, porque aunque todas las demás me toquen y me marquen, esta me define de una u otra forma y me pinta de cuerpo entero, supongo.
Lu y yo nos conocimos por mi trabajo. Me acuerdo clarito verla pasar por adelante mío, con rodete (bien de yegua, diría Marina casi un año después) y camisa a cuadros con vivos rojos (bien de torta, diría L). Se me acercó, al finalizar su primer día, con un elogio que nunca registré y una pregunta capciosa relacionada con mis tareas que ponía en tela de juicio mi honestidad. En su defensa, yo fui quien propuso la pregunta; sin embargo, ella nunca entendió que siempre digo la verdad.
Ese primer día ni siquiera le pregunté el nombre.
Faltó a nuestro segundo encuentro, y para cuando llegó al tercero -tarde-, yo ya pensaba que me había librado de la chica mala onda del rodete. Entró última y se sentó directamente enfrente mío. La noté inquieta y le pregunté el nombre; hice un par de chistes idiotas, como siempre, hasta que me di cuenta que quizás yo estaba contribuyendo a su incomodidad. Fue ahí que decidí hacer un esfuerzo extra por que ella se sintiera bien al estar cerca mío. No recuerdo haber hecho nada demasiado memorable, quizás la haya saludado por su nombre o sonreído alguna vez, pero claramente dio resultado pues a la semana me esperó, por primera vez, luego de que todos se hubieran marchado, y me pidió prestado The Importance of Being Ernest, de Wilde. Al día siguiente comenzamos a escribirnos por mail, lo cual hicimos toda la tarde. No pude traicionar mi naturaleza y la busqué en Facebook: perfil abierto, link a su blog. Me interesan: hombres y mujeres.
Ese día -viernes- me dio miedo, y dejé de escribirle. Para el lunes ya me había convencido de que era una tonta, que no pasaba nada, que estaba imaginando cosas. Nos escribimos ese día, y el siguiente, y para el miércoles o jueves comenzamos a chatear. Esa noche, creo, me sentí culpable de que se quedara esperándome (porque era obvio que eso era lo que hacía) y la acompañé caminando hasta la casa de su abuela, a pesar de yo vivir a dos cuadras del trabajo. Hablamos mucho, y cuando llegamos nos quedamos hablando incluso más. Me invitó a sentarme con ella en los escalones del edificio, pero la miré y supe que si me tenía cerca iba a intentar besarme. Algunos meses después, me lo confirmó. Al día siguiente le revelé que sabía de su sexualidad, y me preguntó si eso no me provocaba rechazo.
¿Por qué lo haría?
Quizás porque toda mi vida fui una buena chica religiosa, respetuosa de los preceptos que le habían sido inculcados, pero también con una profunda convicción propia. Y quizás esa sea una de las puntas de la madeja. No voy a mentir, las mujeres siempre me llamaron la atención; pero cuando uno no lo cuenta como opción y no está expuesta a determinadas experiencias, no es difícil dejar ciertas cosas de lado. Nunca antes se me había acercado una mujer, nunca nadie me había mirado como me miraba ella.
Si lo hubiera percibido como un peligro real, no sé si hubiera actuado diferente.
El lunes me pasó a buscar por primera vez. Fuimos a casa y ni siquiera recuerdo haberle cebado mate. Tomó mi peluche, le quitó la bufanda y le tapó los ojos; así permaneció hasta septiembre. Esa fue la primera vez que mencionó a Camila, la musa inspiradora de todos sus posts y también su ex novia -si es que así podía llamársele a la otra mitad de una relación abierta bastante patológica-. Me contó que vivía en Buenos Aires y la vería en Semana Santa. La escuché con bastante desaprobación, pero intenté no emitir juicio y, sobre todo, que mi actitud no fuera evidente: no quería que ella se confundiera. De uno u otro modo, se quedó toda la tarde.
Los siguientes días, meses, son una sucesión de hechos confusos y ambiguos. Hablé con Ale, quien luego de preguntarme si ella era linda me advirtió en cuanto a la situación. Intenté cortar el contacto con Lu, y su reacción no fue demasiado alegre. Pocas veces me he sentido tan miserable como aquella tarde. Duró poco más de un día, y volvió a hablarme como si nada. Me sentí tan feliz, que nunca volví a mencionar esa discusión anterior. Poco a poco comenzamos a pasar más tiempo juntas. Conocí a su abuela y fui a su casa. Un mediodía mencionó que tenía ganas de comer pollo al horno, y pasé todo el día limpiando mi casa y cocinando para que estuviera todo bien cuando viniera a cenar. Miramos una película, su favorita, y le aclaré que a pesar de todo, yo iba a tratarla como a un amigo varón: nunca iba a quedarse a dormir en casa, no me interesaba de esa manera. No importó, ella estaba feliz. Recuerdo que mi nombre empezó a aparecer cada vez más y más en sus notas de Facebook, como si fuera alguien importante, a pesar de que ni siquiera tenía mi teléfono. Traté de que nuestra amistad no fuera un secreto para nadie, pero ella se irritaba con la sola mención de los compañeros, y luego de un tiempo dejé de intentarlo.
Pasó Semana Santa, yo viajé y su ex volvió a la ciudad. No lo pensé mucho, pero en viernes santo se hizo el tiempo para charlar conmigo y me alegró la tarde. Prometí guardarle un huevo de pascua, y se lo di la semana siguiente: un jueves que se cortó la luz en toda la ciudad y subió 9 pisos para tomar mate conmigo un rato y escucharme tocar Blackbird torpemente, a la luz de una vela que alumbraba demasiado. Esa fue la primera vez que consideré que quizás fuera a pasar algo alguna vez, la primera vez que yo misma me di miedo. De todos los recuerdos, su sonrisa iluminada por el fuego es uno de los que más me duelen y más quisiera repetir.