(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
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sábado, 31 de diciembre de 2011

Another Year

2011 fue demoledor. Fue El Amenazado, y El Poema de los Dones, y 1964, y varias líneas de Benedetti. Fue un fragmento de algún cuento de Cortázar, pero muy corto.

En 2011 aprendí que a veces no importa lo que uno siente, que sentir no garantiza nada, y que a veces todo depende del otro. Que a veces rendirse es lo correcto, y lo más lógico e inteligente, pero también lo más absurdo e imposible. Aprendí que a veces el corazón duele tanto, físicamente, que el dolor corre hasta los dedos de la mano izquierda. Que se puede amar a alguien que a veces no existe. Que a veces es mejor quedarse quieto, con el trago en la mano en un rincón. Que pelear por lo que se quiere a menudo no sirve para nada, que solo cuenta en el caso de las cosas que valen la pena, pero que la mayoría de las veces es imposible hacer otra cosa.
Que a veces la respuesta es dar un portazo e irse, porque lo anterior vale más y estar no cambia nada, porque no hay nada que entender. Que la culpa es de uno cuando no enamora y, por lo tanto, cuando enamora también; pero que uno permanece enamorado hasta que elige dejar de estarlo y empieza a sanar. Que cuando uno está desesperado hace cosas que normalmente no haría, y esas son las que más duelen.
Que un gato te puede salvar el corazón y el alma también, pero no a 160 km. de distancia.

Pero qué me importa haber tenido un 2011 horrible, peor al del resto del mundo, si tengo los mejores amigos de todos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

martes, 27 de diciembre de 2011

The Loneliest Number

Pero Dios te trajo a mi destino sin pensar que ya es muy tarde y no sabré cómo quererte. Déjame que llore como aquél que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte; pura como sos, habrías salvado mi esperanza con tu amor. Uno está tan solo en su dolor, uno está tan ciego en su penar... Pero un frío cruel, que es peor que el odio, punto muerto de las almas, tumba horrenda de mi amor, maldijo para siempre y se robó toda ilusión.

Azahares

Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó.
Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y, al fin, andar sin pensamientos.
Después, ¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado; eterna y vieja juventud, que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz.
¿Qué le habrán hecho mis manos, qué le habrán hecho, para dejarme en el pecho tanto dolor?

(Canta, la gente está aplaudiendo y aunque te estés muriendo no conocen tu dolor.)

Poland

Ya sé, no me digás, tenés razón... La vida es una herida absurda.

Y es todo tan fugaz que es una curda, nada más, mi confesión. Contame tu condena, decime tu fracaso, ¿no ves la pena que me ha herido? Y hablame simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido. Ya sé que te lastimo, ya sé que te hago daño llorando mi sermón de vino, pero es el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde la curda que al final termine la función corriéndole un telón al corazón.
Pelearse todo el maldito tiempo con uno mismo es realmente agotador.
Todo sea por el bien ulterior.

Que es... ¿cuál?

lunes, 26 de diciembre de 2011

Loca

Y es que no tengo más nadie
que pelear más que conmigo,
porque eternos como el tiempo
son las noches y el vacío...
- Loca, de Tan Biónica (re: gente que hace canciones que me vienen perfectas).

domingo, 25 de diciembre de 2011

Es Navidad. Dejá de llorar, idiota, te encanta esta época del año. Estás desde anoche, desde el viernes. Basta.

Uno, dos, tres. Basta.

Basta.
Lo esperé sentada entre los regalos el tiempo necesario, ni más ni menos. Llegó al terminar su tarea, ya entrada la madrugada, en ese instante preciso antes de que el cielo empiece a clarear. Se acomodó el traje rojo, tranquilo, y se sentó en el sillón que estaba enfrente mío, expectante, dispuesto a escuchar las razones por las que lo había hecho llamar.
-Este año...
Pero no fue necesario completar la frase; los dos sabíamos de lo que hablaba. Bajó la mirada, y yo tampoco necesité que emitiera palabra.
-Bueno, quizás el que viene, ¿no?
Me sonrió.
-Quizás... pero no puedo asegurarte nada.
Lo mire, asentí, apreté la mandíbula e hice un esfuerzo para que la lágrima que se me escapaba por el rabillo del ojo fuera la única de la noche.
-Bueno. -dije, y tomé aire para mantener la cabeza fría- Bueno, hagamos un trato entonces.
Debajo de los anteojos redondos, los ojos le brillaron con interés.
-Olvidémonos de los regalos. Si el año que viene no podés traerme una Navidad mejor que esta, mejor que las últimas... no sé, veinte, entonces...
-¿Entonces?
-Entonces en vez de traerme algo, me llevas a mí.
-¿Llevarte? -se incorporó del asiento, como si necesitara usar todo el cuerpo para entender lo que le estaba diciendo - ¿Llevarte a dónde?
Fue mi turno de quedarme callada.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Natal



Mi padre me dará algo mejor...
me dirá que Jesús es como yo,
y entonces así podré seguir viviendo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

And I find it kind of funny, I find it kind of sad,
the dreams in which I'm dying are the best I've ever had.

- Mad World, de Gary Jules.

viernes, 16 de diciembre de 2011

The Good Fight

«Nada es para siempre» me suena cobarde, resentido, perezoso, débil. Me suena a no estoy dispuesto a hacer el esfuerzo ni pagar el precio. Me suena a autojustificación para rendirse fácil. Me suena a consuelo de tonto. Y si voy a ser tonta, prefiero serlo de manera optimista, en busca de aquello que creo que sí existe.

(Que creo, que veo. ¿Cómo podría dudar con tantos ejemplos a mi alrededor?)

Aun si no llega nunca.

No me digas, mi amor, que te falta valor

lunes, 12 de diciembre de 2011

Magnus

En 1948, Julio Cortázar obtuvo el título de traductor público de inglés y francés, tras cursar en apenas nueve meses estudios que normalmente toman tres años.
El esfuerzo le provocó síntomas neuróticos.



No, si no estoy tan equivocada al decir que quienes elegimos esta profesión estamos todos locos... ¿Será la carrera? =P

domingo, 11 de diciembre de 2011

Two Days in February

4 de febrero

Curioso que ayer no pude seguir escribiendo (me refiero a la historia del viajante de comercio), quizá precisamente porque sentí la tentación de hacerlo y ahí nomás Anabel, su manera de contármelo. ¿Cómo hablar de Anabel sin imitarla, es decir sin falsearla? Sé que es inútil, que si entro en esto tendré que someterme a su ley, y que me falta el juego de piernas y la noción de distancia de Bioy para mantenerme lejos y marcar puntos sin dar demasiado la cara. Por eso juego estúpidamente con la idea de escribir todo lo que no es de veras el cuento (de escribir todo lo que no sería Anabel, claro), y por eso el lujo de Poe y las vueltas en redondo, como ahora las ganas de traducir ese fragmento de Jacques Derrida que encontré anoche en La vérité en peinture y que no tiene absolutamente nada que ver con todo esto pero que se le aplica lo mismo en una inexplicable relación analógica, como esas piedras semipreciosas cuyas facetas revelan paisajes identificables, castillos o ciudades o montañas reconocibles. El fragmento es de difícil comprensión, como se acostumbra chez Derrida, y lo traduzco un poco a la que te criaste (pero él también escribe así, sólo que parece que lo criaron mejor):

“no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada. Y sin embargo amo: no, es todavía demasiado, es todavía interesarse sin duda en la existencia. No amo pero me complazco en eso que no me interesa, por lo menos en eso que es igual que ame o no. Ese placer que tomo, no lo tomo, antes bien lo devolvería, yo devuelvo lo que tomo, recibo lo que devuelvo, no tomo lo que recibo. Y sin embargo me lo doy. ¿Puedo decir que me lo doy? Es tan universalmente subjetivo –en la pretensión de mi juicio y del sentido común– que sólo puede venir de un puro afuera. Inasimilable. En último término, este placer que me doy o al cual más bien me doy, por el cual me doy, ni siquiera lo experimento, si experimentar quiere decir sentir: fenomenalmente, empíricamente, en el espacio y en el tiempo de mi existencia interesada o interesante. Placer cuya experiencia es imposible. No lo tomo, no lo recibo, no lo devuelvo, no lo doy, no me lo doy jamás porque yo (yo, sujeto existente) no tengo jamás acceso a lo bello en tanto que tal. En tanto que existo no tengo jamás placer puro.”

Derrida está hablando de alguien que enfrenta algo que le parece bello, y de ahí sale todo eso; yo enfrento una nada, que es este cuento no escrito, un hueco de cuento, un embudo de cuento, y de una manera que me sería imposible comprender siento que eso es Anabel, quiero decir que hay Anabel aunque no haya cuento. Y el placer reside en eso, aunque no sea un placer y se parezca a algo como una sed de sal, como un deseo de renunciar a toda escritura mientras escribo (entre tantas otras cosas porque no soy Bioy y no conseguiré nunca hablar de Anabel como creo que debería hacerlo).

Por la noche

Releo el pasaje de Derrida, verifico que no tiene nada que ver con mi estado de ánimo e incluso mis intenciones; la analogía existe de otra manera, parecería estar entre la noción de belleza que propone ese pasaje y mi sentimiento de Anabel; en los dos casos hay un rechazo a todo acceso, a todo puente, y si el que habla en el pasaje de Derrida no tiene jamás ingreso en lo bello en tanto que tal, yo que hablo en mi nombre (error que no hubiera cometido nunca Bioy), sé penosamente que jamás tuve y jamás tendré acceso a Anabel como Anabel, y que escribir ahora un cuento sobre ella, un cuento de alguna manera de ella, es imposible. Y así al final de la analogía vuelvo a sentir su principio, la iniciación del pasaje de Derrida que leí anoche y me cayó como una prolongación exasperante de lo que estaba sintiendo aquí frente a la Olympia, frente a la ausencia del cuento, frente a la nostalgia de la eficacia de Bioy. Justo el principio: “no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada”. El mismo enfrentamiento desesperado contra una nada desplegándose en una serie de subnadas, de negativas del discurso: porque hoy, después de tantos años, no me queda ni Anabel, ni la existencia de Anabel, ni mi existencia con relación a la suya, ni el puro objeto de Anabel, ni mi puro sujeto de entonces frente a Anabel en la pieza de la calle Reconquista, ni ningún interés de ninguna naturaleza por nada, puesto que todo eso se fue consumando many and many years ago, en un país que es hoy mi fantasma o yo el suyo, en un tiempo que hoy es como la ceniza de estos Gitanes acumulándose día a día hasta que madame Perrin venga a limpiarme el departamento.

(...)

28 de febrero

(...) Hardoy tampoco la vio más, y en esos meses se me dio el juego de venirme a Europa por un tiempo, y al final me fui quedando, me fui aquerenciando hasta ahora, hasta el pelo canoso, esta diabetes que me acorrala en el departamento, estos recuerdos. La verdad me hubiera gustado escribirlos, hacer un cuento sobre Anabel y esos tiempos, a lo mejor me hubieran ayudado a sentirme mejor después de escribirlo, a dejar todo en orden, pero ya no creo que vaya a hacerlo, hay este cuaderno lleno de jirones sueltos, estas ganas de ponerme a completarlos, de llenar los huecos y contar otras cosas de Anabel, pero lo que apenas alcanzo a decirme es que me gustaría tanto escribir ese cuento sobre Anabel y al final es una página más en el cuaderno, un día más sin empezar el cuento. Lo malo es que no termino de convencerme de que nunca podré hacerlo porque entre otras cosas no soy capaz de escribir sobre Anabel, no me vale de nada ir juntando pedazos, que en definitiva no son de Anabel sino de mí, casi como si Anabel estuviera queriendo escribir un cuento y se acordara de mí, de cómo no la llevé nunca a mi casa, de los dos meses en que el pánico me sacó de su vida, de todo eso que ahora vuelve, aunque seguramente a Anabel le importó muy poco y solamente yo me acuerdo de algo que es tan poco pero que vuelve y vuelve desde allá, desde lo que acaso hubiera tenido que ser de otra manera, como yo y como casi todo allá y aquí. Ahora que lo pienso, cuánta razón tiene Derrida cuando dice, cuando me dice: No (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada. Ningún interés, de veras, porque buscar a Anabel en el fondo del tiempo es siempre caerme de nuevo en mí mismo, y es tan triste escribir sobre mí mismo aunque quiera seguir imaginándome que escribo sobre Anabel.
- Diario para un cuento, de Julio Cortázar.
Esto de tener miedo no me gusta nada. Tampoco me gusta sentirme estancada, sentir que la vida pasa y yo sigo en el mismo lugar, dándole vuelta a las mismas cosas. Lamentando lo mismo, extrañando lo mismo. Sintiendo que todo pasa, para todos, excepto lo que me pasa a mí.

Me da miedo.

(Tambien me da miedo ver a alguien ser más yo que yo misma)

No se si es importante, pero quiero decirte algo antes de que te pierdas en pensamientos que no me incluyen...

jueves, 8 de diciembre de 2011

Perfección

Kv es uno de esos personajes que terminan definiendo la vida de uno medio de casualidad y de costadete. Ya ni odio le tengo, solo lástima, por haber dejado escapar una mujer como Pía - que, claro está, siempre fue demasiado mujer para él. Sin embargo, este año he pensado mucho en él, en lo que significó en nuestras vidas y en las muchas lecciones que aprendimos de ese «experimento social fallido», como lo llamaría Meli.

Una de las ironías más grandes que encerraba la figura de Kv era su fanatismo por Ricardo Arjona, cantautor ampliamente rechazado (el adjetivo original era un poco más fuerte, pero bueno) por mí, por mis amigos y, particularmente, por Pía. Creo que, más allá de la broma ocasional, uno sólo puede comprender la seriedad de esta diferencia y el abismo que implica para seres tan estrechamente vinculados con la música como nosotros, cuando se encuentra con alguien tarareando sus melodías en la propia cama: sí, replanteo existencial obligado. En serio. Y, por oposición, sólo esta experiencia puede ayudar a disfrutar cabalmente la comunión que se alcanza al compartir la música que te llega al alma.


Eso fue lo que ocurrió el viernes 2 de diciembre. Tuvimos la oportunidad de disfrutar del dúo Flopa-Minimal en el Galpón de las Artes, un lugar chiquito, familiar, casi recluido. Y hablo en plural porque la experiencia fue compartida, y por eso también fue tan maravillosa.

No es secreto que, al menos, en mi caso, la música siempre llega en los momentos más indicados. Pasó con DLC, pasó con Peter Gabriel, y también pasó con Catupecu y P!ATD aunque yo no lo supiera en ese momento. Pasó con August and Everything After en el momento necesario y cómo explicar, si no, que este semestre me haya rehusado a escucharlo, como si hacerlo simbolizara la rendición incondicional del último bastión de algo que aun nadie dimensiona -- ni siquiera yo. Y me sucedió ese viernes, mientras se me escapaban las lágrimas a la mitad de «El Almaherida».

(No terminé de llorar nunca)

Después, ¿cómo explicar lo que sentí al cantar «soñando estrellas por la mañana y por las noches esperando al sol, y no hay calma, y mi alma no descansa nunca» o al escuchar «no quisiera tener que preguntar, pero son mis sueños los que vos te llevas a pasear»? No se puede, así que ni siquiera lo intentaré. Resultarán anecdóticas la cojera de Ariel y su reacción ante el pedido de «Compañera» («yo hoy la canto, pero vos en la semana te ponés las pilas»), que Flopa me haya tocado la pierna al pasar para ir al baño y mi reacción, digna de Minguito, al terminar el show («¡pará Pí, no sé cuanta plata tengo!» *saca mil papeles del bolsillo*). Y agradeceré infinitamente tener el video en línea aquí, para que nada se pierda, todo cobre nuevo significado una y otra vez, y yo pueda volver cada vez que necesite respirar.

Cosas que tenemos bien guardadas, archivadas, atesoradas...

martes, 6 de diciembre de 2011