(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Todavía no sé bien cómo conciliar ciertas realidades.

Ayer pensé mucho en Pedro, y hoy, temprano, se me volvió a presentar. Lo veo y no lo recuerdo; su imagen es borrosa y se mezcla con la de Sam (pero Sam es un idiota y Pedro era solamente un chico). Pero me acuerdo de su casa, no muy lejos de la mía, y de la tarde lejana en que nos conocimos solo por un par de horas. 
Sí, Pedro se me antoja un nene; sin embargo, quizás haya tenido la edad que ahora tiene la mayoría de mis amigas y yo haya sido solo apenas un poco más grande (claro, cuánto más madura que ahora). Las circunstancias del encuentro permanecen claras en mi memoria, pero no vienen al caso. Otras cosas son una especie de rompecabezas; recuerdo estaba nublado y  recuerdo su sillón, que había muchos de sus amigos ahí, que estudiaban Relaciones Internacionales y recuerdo haber hablado mucho, a pesar de mi tradicional reticencia a sociabilizar. Más que nada, lo recuerdo a él, serio, hablando en un giro bizarro de la conversación:

«Yo creo en Dios, la verdad, aunque no me importa demasiado. Pero sé que cuando me pase algo malo, bueno. Ahí me voy a acordar, y me va a importar; por ahora no.»

Ayer caminé a casa, en la noche fría, pensando en él. No en Dios, sino en el concepto de la vida que tiró Pedro, traspolado: que te pase algo malo para reaccionar, para crecer, para madurar.  Me dio escalofríos y rogué no ser esa clase de persona, porque las cosas malas suceden -siempre suceden- y es mejor estar ya armado para recibirlas (aun cuando nunca sea una experiencia agradable). Ahorrar lágrimas y dolor, crecer por las buenas, crecer más.

Casi no pude dormir pensando en eso y en otras cosas más. En la chica con quien me volví a cruzar anoche, después de 24 meses, y la expresión de su cara al confesarse perdida. La infelicidad pobremente disfrazada de burla, y un par de sonrisas realmente genuinas ante el reconocimiento de uno mismo en el otro. En la chica que horas antes me había dicho «esta es mi sonrisa grande» sin recordar que yo no necesitaba esa aclaración porque la había visto muchas veces hace 15 meses (y cada vez que lo pienso me convenzo más de que fue amor, le guste o no). En el chico sentado en el sillón blanco sin saber que perdió su oportunidad con quien realmente contaba mientras perdía el tiempo agregando nombres a esa lista estúpida que jamás va a valerle de nada. (En Gonza, que alguna vez tuvo sus objetivos y sus sentimientos tan claros y ahora se hunde en una escoria que no puede reconocer como tal y que, aunque no se dé cuenta -y aunque dé para mucho más-, le impide avanzar hacia ellos)
Y cerré los ojos.

Al despertar, Sam. Obtuso, irrisorio. Desubicado. La satisfacción de no haber tenido que esperar a que me pasara algo malo para reaccionar con él; de no solo haber caminado por la cornisa sin caer al abismo: de haber podido alejarme completamente. Y 7.30, un mensaje.

«¿Mañana me acompañás a la mutual?»
«Os cors. ¿Qué pasó?»
«Desp te explico. Creo que me decidí a hacer algo por mí.»

Saber todo al instante, sin palabras. Entender las horas despierta y los minutos esperados para enviar el sms. Comprender la metida de pata que con seguridad hay de por medio. Y recordarla ebria, tequila de por medio, llorando un poco pero también retando: Vos estás por encima de esto. Al fin y al cabo, hoy estamos acá con vos y no en otro lugar. Dos meses antes de eso, apenas si nos conocíamos.

Algunas horas después, termino el Triple Mc y me pongo la campera. Repito lo mismo que vengo repitiendo hace una semana: Que vos ya no seas la persona de la que me enamoré no quiere decir que yo la haya dejado de amar. Porque cada vez que lo pienso me convenzo más de que fue amor, le guste o no, y porque todavía no sé bien como conciliar ciertas realidades.
Camino bajo el sol, llego a horario: la mujer en el lobby registra mi nombre y a qué oficina me dirijo. Otra mujer viene conmigo; tiene el mismo turno, pero la veo tan frágil que no me pone nerviosa. Vamos a estar bien. Toca timbre y luego se disculpa mil veces por haber tocado y por quién sabe cuántas cosas más. Yo no estoy tan mal, pienso, pero más tarde voy a recordar no haber escuchado que se le quiebre la voz ni por un momento (y a mí me va a haber pasado varias veces). Pasa ella, espero, se va. Paso yo.

«Toma asiento. ¿Por qué querés empezar terapia?»

(No, que no te preocupe qué vas a contestar a esa pregunta, porque si te enroscás por adelantado te vas a arrepentir y no vas a ir nada)

2 comentarios:

dsp dijo...

Armaste una cadena, aca por blog. Te acordaste de alguien que te hizo pensar en si sos esa clase de persona que necesita un golpe bajo para poder crecer, a lo que me hizo pensar a mí en que seguramente yo sea una de esas. Y que lo mas probable es que yo esté ahora, en este preciso momento, esperando una patada al higado, algo feo, que lleve sin remedio a alejarme de algunas cosas que me hacen mal pero no se por qué no puedo dejarlas de lado. En fin, tu blog es una joya. Nunca comento porque me resulta pesada comentar todas las entradas jaja. Mambitos, creo.
Un beso euge!
(Siempre tengo la ilusion de que abra tu blog dentro de un tiempo y estes posteando lo feliz que estas con otra chica, y decirte que mi teoria se cumple: cuando entras, no salis)

Eu dijo...

Algo que aprendí de mi papá (que es el hombre más maravilloso del mundo) es que uno elige quién es, incluyendo la clase de persona que se es. No es fácil y lleva mucho tiempo, pero se puede. Da miedo, porque siempre da miedo la posibilidad de fracasar, pero deberíamos darnos cuenta que lo peor que puede pasar es quedarnos como estamos (cosa que tenemos asegurada si no hacemos nada). Porque con solo intentarlo e insistir ya tenemos éxito, ya somos mejores. El riesgo de no cambiar por las buenas es que a veces las malas no nos cambian: solo lastiman, rompen. O a veces sí nos cambian, pero el costo es muy alto o el tiempo demasiado tarde (¿cuánto estamos dispuestos a posponer el cambio? ¿cuántas oportunidades, cuánta gente tenemos que perder?).
Comentá toooodo lo que quieras, ya sabés.
(A mí me gustaría contestarte que no tengo ilusiones de nada, pero ese es el gran problema, ¿no? Que eso no es cierto y que muy a pesar mío me encantaría que alguien pruebe que estoy terriblemente equivocada)