El 29 compré -de nuevo- tres cajas de Saladix. Y guardé una banana y leche para hacerle licuado. En caso de que quisiera.
El 31 salí del trabajo, me metí a un super (piensen en las colas pre año nuevo) y compré pan dulce y confituras navideñas varias que no necesariamente tenía pensado comprar. Por las dudas.
El 1 le ofrecí desayunar garrapiñadas -mis favoritas- porque siempre tengo hambre y, bueno. No fuera cosa que pasara hambre.
El 2 me aventuré a hacer aceitunas y queso en especias (saluditos a Maia). No contenta con eso, amasé pizza (y compré queso y jamón). Para cuando sea.
El 3 hice la señora abuela de las ensaladas de fruta, sola en casa, a la noche. Cosa que haya.
Mi novia no te come más de una porción de lo que sea, aclaro. No se terminó el vaso de licuado, comió dos porciones de pan dulce solo porque la hostigué; un cuarto de paquete chico de garrapiñadas y -por supuesto- probablemente jamás lleguemos a las aceitunas o la ensalada de frutas. Las prepizzas seguirán en el freezer hasta que venga Facu a dar cuenta de ellas, o el queso se pondrá feo como la última vez (si, ya hubo una vez).
Más importante: yo no cocino.
No cocino. Pongo a hervir agua y se me quema.
Yo no sé qué me está haciendo esta chica.
Ah, la otra: he vuelto a bajar y ver series. Nuevas. De cero, o sea.
Kingdom cometh.