(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

lunes, 30 de junio de 2014

Los días como hoy, no tengo paz. No la encuentro. Los días como hoy nada me viene bien, tampoco. No importa lo que haga el resto del mundo, me va a caer mal, voy a estar en desacuerdo.
Los días como hoy son los más introspectivos. Y duelen. Extraño. Muchas cosas que no sé por qué extraño, muchas que no debería extrañar. Me pregunto cosas, que en días como hoy entiendo menos que antes. Siento un puño invisible que contiene mi corazón y lo aprieta. Los días como hoy no soy feliz, y estoy lo más lejos posible de serlo. Necesito exorcizar esto (lo que quiera que sea) y lo escribo, para no pensar más. No hacerlo no es una opción, es un riesgo demasiado alto. No hacerlo es llegar a conclusiones que me humillan, y me avergüenzan, y me agobian, y me duelen. Que me acercan al filo del abismo, uno en el que no me puedo dar el lujo de (re)caer.
Los días como hoy, quizás, me enseñan más acerca de mí, aunque me gustaría pensar que no. Me ponen cara a cara con las muchas limitaciones de mi persona, en especial con mi falta de visión. No sé muy bien cuándo, cómo, por qué, me convertí en esta persona tan egoísta. Quizás tiene que ver con extrañar demasiado, de más: verse enfrentado a la ausencia del otro tanto tiempo que el otro, de algún modo, desaparece (aunque siga existiendo, feliz, mejor, sin uno). Y cuando vuelve, ya no es, ya no está, ya no cuenta. Peor, cuenta para mal. Todo cuenta para mal.
Se vive la felicidad del otro como fracaso propio.
Inevitable.
Porque si el otro está bien, feliz, mejor, sin uno, entonces resulta que el fracaso anterior no tiene que ver con una imposibilidad del otro de querer, por ejemplo. Tiene que ver con uno, que no pudo. No pudo miles de cosas.

La culpa es de uno cuando no enamora...


(Cuesta abajo, no hay freno. La culpa es de uno cuando no enamora, y claro. ¿Cómo no? ¿Cómo no, cuando uno es tan miserable que no puede alegrarse de que el otro haya encontrado esa paz que uno perdió permanentemente?)

... A solas con su suerte, que no es mucha.

miércoles, 18 de junio de 2014

Morbid

No sé muy bien qué hacer con la gente que necesita siempre salirse con la suya, porque mi sentido de la libertad y la justicia (y quién sabe qué más) es demasiado fuerte.
Si querés seguir jugando a que tenés algún tipo de papel (algún tipo de importancia) en mi vida, es problema tuyo; yo seguiré deseando que llegue el final del cuatrimestre para, en el mejor de los casos, no tener que verte nunca más. Lo que sí, apreciaría que se me trate un poco menos como un animal de circo (mirá, aquella es la idiota a la que enamoré); no disfruto tenerte (a vos, a tus amigos, a tu novia, a quien sea) respirándome en la nuca (mirando desde la esquina, desde la pantalla de tu celular, desde la computadora de tu casa, desde donde sea) todo el condenado tiempo.

(Condenado; sí, esa es la palabra).

sábado, 24 de mayo de 2014

Pampa

Extraña la forma en que uno siente, a veces. Hoy me dolió el pecho todo el día, más de lo que tenía derecho a doler. Lloré casi con vergüenza, cuando pude, cuando me lo permití, ocultando la cara de quien realmente tenía derecho a llorar. 
Ailén (vaya sorpresa mencionarla) escribió que sabe lo que es perder a una amiga. Nunca leí a nadie que lo describiera de mejor forma; bah, probablemente sí, pero en este momento no lo recuerdo porque cuando es uno el del dolor simplemente parece como si nunca nadie hubiera pasado por algo similar, como si nunca a nadie le hubiera dolido tanto. Pues bien, hoy se fue una amiga. Por la puerta de atrás, del modo menos pensado, en un acto completamente impensado para mí hasta, quizás, ayer. Se murió el ser que más feliz se ponía al verme, y eso que en este año y medio ni siquiera nos vimos demasiado. Se fue mi representante en esa casa a la que no puedo entrar y que hoy odié más que nunca por dejarme completamente impotente, incapaz de hacer nada para apagar un dolor ajeno casi palpable. 
Se fue, y lo sentí como si hubiera sido yo la persona a quien ella despertaba todas las mañanas y recibía todas las noches. Aún no puedo creerlo, realmente no, y cuando intento entenderlo el panorama me parece tan sombrío, tan terrible, que casi prefiero mantenerme en este limbo escéptico. Claro, eso me convierte en alguien completamente inútil: por primera vez en mi vida, no sé cómo consolar a alguien, porque también yo estoy un poco desconsolada. Justo, justo cuando más necesario era.
Qué injusticia, dijo M. entre sollozos en algún momento. Qué locura, pensé yo. Sufrimos, aprendemos a sufrir con la muerte de nuestros seres queridos, experiencia inevitable porque somos seres sociales, nacemos en familias y necesitamos crear lazos y vivir vinculados al otro. Necesitamos al otro. ¿Pero, esto? Esto lo elegimos, sabiendo que va a pasar, una y otra vez. Voy a una veterinaria, a un refugio, o voy por la calle y encuentro, o viene una amiga, un hermano, un padre; de repente, tengo una mascota. Y sé que la voy a amar, casi más que a cualquier cosa porque nada se compara con la pureza de su amor. También sé que seguramente va a vivir menos que yo. Es más, es probable que uno ya haya pasado por la traumática y dolorosísima experiencia de perder a uno de estos amigos. ¿Por qué someterse nuevamente a esta tortura? Qué locura, pensé yo. 
Entonces, la pregunta se respondió sola. Chau, hermosa. Gracias por tanto amor.

martes, 29 de abril de 2014

La Mala Educación

Es difícil hacer cosas en las que uno no cree. Mejor dicho, es difícil hacer cosas en las que uno cree, de las que está convencido, pero que implican ir en contra de lo que le ha sido enseñado o, incluso, de lo que uno cree. Priorizar, digamos. Privilegiar. Males menores por bienes mayores. Y no es que crea que el fin justifica los medios; en muchos casos el medio es el fin. En muchos otros no, y a veces es necesario dejar de lado una ley, un imperativo menor, por uno mayor. 
Como estar bien, vivir en paz, dejar el pasado en el pasado, cerrar historias de modo saludable. No mandar señales equivocadas a quien inadvertidamente te las manda a vos. Ni a nadie.
Aunque nada de eso sea gratis.

(PD: ¿Hay algo que sea gratis, en esta vida? Claro que no).

miércoles, 23 de abril de 2014

Side

Hay muchas cosas que están mal con esta canción. La... soberbia, a falta de mejor término, de querer enseñarle a alguien sobre sí mismo, la autoconcepción de superioridad moral que eso implica.

Sin embargo, estoy enamorada. Estoy enamorada de esta canción, del concepto, de Fran Healy, de Fran Healy siendo yo, y (aunque me pese, muchísimo) de la noción de tragedia, héroe romántico, amor no correspondido y accidentes ferroviarios metafísicos. Estoy enamorada de tocar, cantar, gritar, llorar esta canción. Quizás porque, a la distancia, estoy un poco enamorada del brillo etéreo de ese dolor tan profundo que no sé si alguna vez va a desaparecer por completo. Y estoy enamorada de la química, que nunca deja de maravillarme. Del saber qué va a hacer el otro, del poder hablar por horas sin aburrirme. Claro, sin aburrirME.



Hay cosas que me maravillan un poco más aun. Me maravilla que haya alguien dispuesto a depositar su corazón en mis manos (y juro que se siente exactamente así). A confiar. A amar. Alguien cuyas manos dormidas me buscan entre sueños, por lo que no necesito pasarme noches enteras despierta mirando, admirando y, sí, sufriendo. Y me maravilla no sentirme atada, impotente (helpless, hopeless), al maravillarme por estas cosas.

Entonces, mirando ojos chinos y bucles negros, entiendo un poco mejor lo que es estar enamorada.

(Entiendo, como cachetada del pasado, a qué se refería Fito con eso del amor después del amor).

(Y eso no es poco).

martes, 15 de abril de 2014

PPT

Hoy, por ser hoy (un día como tantos otros, pero de hace ya algún tiempo atrás), me lo voy a permitir. Simplemente porque hay heridas que mejoran, pero no sanan. Simplemente porque me pregunto los motivos de Prometeo, sometido a tortura eterna por entregar el fuego a los hombres, ¿por qué razón? ¿Sería su amigo? ¿Y no sería tortura eterna para los hombres, también, ver a su amigo allí en el Cáucaso, sufriendo desesperadamente?
No sé bien a qué va la analogía, si es que la hay. Pero pienso en sufrimiento y pienso en Prometeo, encadenado; en Sísifo, empujando cuesta arriba. A veces, todavía, sufro ciertas cosas. Inútilmente, las sufro. Sufro cuando las pienso, si las pienso. Por eso prefiero que no. Prefiero no pensar en qué prefiero, porque cuando lo hago (pensar, simplemente, ni siquiera preferir) me duele todo, por diversas, muchas, razones. 
Y porque en realidad, solo puedo pensar en una cosa. Una frase, que me permito:

Siempre me estoy despidiendo de vos.

martes, 28 de enero de 2014

Solitude

En 2008, Marina y yo nos reencontramos en nuestro Tandil natal. Hablamos, un poco más de lo que habíamos charlado por mail, pero tampoco tanto. En ese momento ella estaba de novia (conviviendo, ninguna de las dos lo hubiera imaginado jamás) con Lucas. Interesante promedio de idas y venidas, ahí, con alguna visita mía al pequeño departamento que compartían en Parque Centenario.
Creo que allí fue donde escuché por primera vez (o quizás donde lo entendí, o lo que me hizo entenderlo algún tiempo después) el concepto de espacio propio, personal, en la pareja. 
Marina lo predica, a falta de mejor término, siempre. Me lo repitió la última vez que nos vimos: «Ni se te ocurra mudarte con alguien sin tener pensado en cuál va a ser el espacio personal de cada una». Asentí, como siempre, por costumbre y convicción. Por haberlo pensado, ya. 
De chica pensaba que me encantaba pasar tiempo sola. Digo pensaba porque no sé cuánto tiempo realmente sola habré pasado en un tres ambientes donde vivían siete (en algún momento, nueve) personas. No sé tampoco cuánto de esa percepción estaba teñida por esa particular situación habitacional. Sí sé que en 2008 estar sola (realmente sola) me pegó fuerte, pero creo que eso tuvo más que ver con una sensación de abandono, desamparo y desposesión que poco tiene que ver con la soledad en el sentido más básico. Lo mismo me sucedió en 2011.
Pero ahora.
Ahora puedo decir que recuerdo bien o entiendo bien las palabras de Marina. Eso es mérito de M., y digo mérito porque es algo, de hecho, bueno. Una soledad que no angustia, que no desespera. La amo por eso, aunque a veces el monoambiente se haga aun más chico de lo que es.
Y espero con ansias el día de tener un lugar con espacios propios, que sea de las dos.

miércoles, 8 de enero de 2014

Pet (Redux)

Marina siempre fue un regalo. 

Lo fue a los 8, 9 años, en el colectivo donde nos vimos (y hablamos, qué sorpresa) por primera vez camino a no-sé-qué evento deportivo interescolar. Lo fue unos meses (¿años?) después, en la puerta del conservatorio donde yo estudiaba piano y guitarra -a dos cuadras de la casa de su madre- cuando me reconoció y frenó su bicicleta para saludarme.

(Años, yo tenía 11 años y estaba a punto de cambiarme a su escuela para empezar la secundaria).

Lo fue a los 12, en un colegio donde no conocía a nadie y todos hablaban un idioma que aun no entendía (literalmente; ella fue, informalmente, mi primera y más eficaz maestra de inglés).

Lo fue a los 15, cuando decidí cambiarme de secundaria un poco por capricho y otro poco por ser consciente de que mis padres ya no podían pagar la media beca que el colegio requería. Sé que eso le costó muchas lágrimas que no pudieron cambiar mi parecer, pero valieron el conocimiento de no ser completamente irrelevante en esta tierra.

(También fue, a esa edad, la primera persona fuera de mis padres que me dijo que me amaba -de un modo muy platónico, pero no por ello menos real-).

Lo fue a los 19, internadas un mes preparando Derecho Constitucional y Ciencias Políticas, la única materia que pude estudiar como si realmente quisiera hacerlo, tomando tés de sabores y orígenes extraños y usando resaltadores de colores brillantes en fotocopias prestadas.

Lo fue a los 25, cuando nació este blog. Lo fue a los 28, en una conversación con 10000 km de distancia, tratando de digerir demasiada información de una sola vez («es todo complicado, porque es una mina, y es más chica, y está re loca -no, no agarré la costumbre de salir con minas sin avisarte, cosas que pasan nomás-», «vos te das cuenta toda la info que hay en esa oraciòn, no???? nada que no pueda  manejar, pero bueno»).

Y lo es ahora, a la distancia, pero a diario.

M tiene muchas ganas de conocerla, y dice que es por cómo hablo de ella. Supongo que sí, hablo de un modo especial, porque mi relación con Marina es especial.

«... tengo un defecto y es que me creo demasiado que soy especial y que la gente conmigo tiene relaciones especiales... cuando era más chica me pasaba más... defecto o no, siempre tomé las relaciones de las personas conmigo como distintas a las que podían tener con el resto, entonces, lo que hiciste o dijiste conmigo, por más que no entrara en el estereotipo de amistad convencional, yo lo tomé como algo especial, como un reconocimiento hacia nuestra amistad ... después, me di cuenta que quizás para vos no era especial, sino la única forma de abrirte (que no lo hace menos especial, sino que es especial de otra forma)... vos tenías tu mundo, tu forma de ver todo, tu crianza, para mi super rara y que en muchos puntos, no compartíamos, pero me dejaste entrar (recuerdo con mucho cariño cada momento que pasé en tu casa, siempre me trataron como a uno más y posta, me marcó mucho), me lo mostraste sin la menor vergüenza (que no deberías tenerla, pero en cierto punto, en ese momento, creo que te debe haber resultado difícil siendo yo tan distinta) y eso es lo que importa...»

Es la única persona (bueno, una de las muy, muy pocas) que, siento, sabe exactamente lo que estoy pensando todo el tiempo y tiene siempre la palabra justa, lo cual contrasta espectacularmente con mi incapacidad de saber qué piensa la mayoría del tiempo. También es una de esas personas que puede poner en palabras claras pensamientos y sentimientos muy complejos que a menudo también son míos.

A decir verdad, no tengo idea de qué es lo que ella «obtiene» de nuestra relación, pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. Solamente sé que es. Es un regalo. Y quizás sea eso, al fin y al cabo, de lo que se trata la amistad.
That two men may be real friends, they must have opposite opinions, similar principles and different loves and hatreds.

François Rene de Chateubriand -

jueves, 2 de enero de 2014

Me preocupa que las cosas pierdan ese brillo que tienen cuando nuevas, que no vuelve bajo ninguna circunstancia.

Me preocupa que otras cosas no pierdan ese filo que tienen en el primer golpe, la primera cachetada (meta)física.