(Toda una vida corriendo, como si hubiera dónde esconderse)
.

martes, 12 de junio de 2012

Gold Medal

Anotá

La persona que vaya a estar conmigo -si es que existe- tiene que estar dispuesta a pelear por mí, saber remar, porque yo te remo hasta el Titanic en un mar de dulce de leche con dos sorbetes de esos de plástico y tiene que haber reciprocidad.

(Tiene que saber creer, para que si en algún momento me canso o me desanimo -o meto la pata, mucho más probable aun- pueda tomar la posta; tiene que saber creer en nosotras, para que yo pueda estar tranquila de que mis errores, humanos, no van a arruinar nada porque va a remar como lo haría, como lo haré, yo)

4 comentarios:

Dan dijo...

¿Y el amor?...
Creo que cuando nos enamoramos, no esperamos recibir una medalla, solamente deseamos que el otro, sienta lo mismo por nosotros. Si hay coincidencia -si hay dos que se enamoran- se produce el milagro, se enciende la chispa. Y ese sentimiento compartido libera tanta energía, que no hay mar de dulce de leche que pueda detener a esas personas.
Entonces ya no hace falta hablar de reciprocidad, ni de pelar, ni de saber remar, ni de nada. Ni siquiera hace falta pensar, porque el amor se ocupa de poner todo en su lugar...
El problema -el gran problema- es que cada vez hay menos milagros :P

Eu dijo...

El amor se descuenta, es el requisito mínimo y esencial sin el cual el resto no importa, nada importa. Sin embargo, no es suficiente, aunque duela decirlo. Conozco parejas que en teoría se aman, pero no logran consensuar los cambios que necesitan para estar juntas. Entonces pienso, «no se aman lo suficiente, eso no es amor» porque para mí el amor es una fuerza motora de proporciones épicas, es lo que mueve al mundo.
El problema es que también pienso que solo puede haber amor donde hay coincidencia, como vos lo decís (a eso es a lo que llamo reciprocidad), cuando el que ama también se siente amado y cuidado. Y ya ahí -irónicamente- no pasa por los sentimientos, sino por las percepciones y los miedos e inseguridades individuales.
No sé si hay cada vez menos milagros; creo que cada vez nos animamos menos a verlos, nos encerramos cada vez más en nosotros mismos, levantamos las paredes dos o tres metros más y nos quedamos lamentando nuestra suerte. O nos quedamos sin la más mínima protección, nos desnudamos completamente adelante del otro y esperamos que eso sea suficiente para que entienda cuánto nos importa. A veces sale bien, pero la mayoría de las veces eso tampoco ayuda: o nos apuramos o terminamos demasiado lastimados por algo que en realidad no se suponía que fuera tan complejo, sino solo un comienzo.
Básicamente, por ahí la pensamos demasiado =P

Dan dijo...

Y si, pensamos demasiado… Pensamos y pensamos buscando la manera de no equivocarnos y evitar el sufrimiento. (Y al final terminamos sufriendo de tanto pensar. Jajaja!)
Hay un problema con eso de los milagros, y es que ya no se puede mirar a alguien a los ojos, sin que ese instante milagroso, sea interrumpido por el sonido de un celular. Antes te decían: “-Esperá mi amor que tengo que atender”. Ahora ni eso, directamente atienden el teléfono y te dejan pagando. Así no hay milagro que aguante :P

Eu dijo...

Exacto! Sufrimos el triple! Todo por querer evitar lo inevitable: profecías autorrealizadas.
Y creo que el tema de la hiperconectividad puede ser positivo y, por ejemplo, ayudar a estar más cerca en la distancia o negativo porque el abandono se siente antes, se siente más. Pero sí, un horror sentirse plato de segunda ante un aparato, el que sea. Yo tengo la costumbre de apagar el teléfono o ponerlo en silencio cuando estoy con alguien, probablemente porque soy demasiado susceptible y no me gusta estar del lado de quien queda esperando que termine la conversación, jaja...