Todas mis amigas son especiales (en serio, no
a lo Rafa Gorgori), cada una a su manera, en su esfera.
En el caso de Paula, nos une lo que nosotras llamamos «el autismo».
Hace algún tiempo Ana me escribió: «Es preciso hablar de todo, aún de lo que no se sabe. El silencio es hermoso, es terrorífico y también es una mala señal». Yo fui rápida en contradecirla, «y mucho: para mí no hay mejor señal, ni placer más grande, que poder pasar un buen rato con alguien, en silencio; sin necesidad de rellenar con pavadas silencios incómodos simplemente porque los silencios no son incómodos». Paula, creo yo, es la persona que mejor entiende esto, porque lo comparte, pero es imposible que yo pueda transmitir la carga de ironía que eso lleva en sí mismo: no hay nadie que hable tanto, ni tan rápido, como ella. La conocí a través de Meli y esa fue la evaluación de personalidad que compartimos, es divina, habla mucho, hay que diluirla.
Para diluirla hizo falta un corazón roto y mucho tiempo. Odio estar sola cuando me siento mal, física o emocionalmente, pero también odio el aturdimiento de la muchedumbre (sobre todo las muchedumbres de uno, a las que hay que prestarle atención sí o sí porque no hay nadie más que, je, diluya). Durante la primavera y el verano Pau fue la que entendió perfectamente que a veces simplemente no tenía ganas, de nada, e igualmente se quedó. Y encontramos nuestra mejor forma, nuestro balance. Entramos en modalidad «autista». Trajo su computadora, se adueñó de la mía, leímos, nos alternamos para cocinar y también para armar el cubo Rubik; nos ignoramos cuidadosamente. Lo pienso y me doy cuenta de que pudimos y podemos hacerlo porque confiamos. Confiamos la una en la otra. Confiamos en que cuando lo necesitemos, vamos a hablar y la otra va a dejar lo que está haciendo y va a escuchar.
Hace algún tiempo que vengo en esta modalidad, por elección propia. Porque cuando necesito pensar, no puedo lidiar con nada más. Porque cuando las paredes se me cierran solo hay un par de oídos a los que les quiero hablar, los de Lu (porque no hay circunstancia en que no la quiera ver), y cuando están abiertos simplemente me olvido de todo, hasta de lo que necesito decir. Aun con ella hay veces que prefiero callarme y mirarla, o acariciarla, y dejar que el resto del mundo se acomode solo, porque entiendo que a menudo me ahogo en un vaso de agua. Y cuando eso sucede, no tengo ganas de hablar, no tengo ganas de escribir, no tengo ganas de ver a casi nadie. Pau entiende, y por eso se hace invisible, pero se mantiene ahí. Por si la necesito.