Cuenta la leyenda que Euge iba caminando por la calle muy feliz, escuchando
Obsesionario y sintiendo en la cara ese sol de jueves al mediodía, cuando pensó:
-¡Qué lindo día! ¡Qué ganas de tener un perro para sacarlo a pasear en este día hermoso y dar unas vueltas!
Y bueno.
Estaba recordando que en algún momento tenía la firme creencia de que a mí los deseos a menudo se me cumplen, pero de la forma más retorcida y distorsionada posible, lo suficiente como para no poder disfrutarlos. Puede que no haya estado tan errada.
Diez días después, Lu me cuenta que con la mamá encontraron un perro con moquillo; que está muy enfermo y que lo va a cuidar ella. Le digo, como siempre, que me avise si la puedo ayudar en algo, y ahí salta el tema: necesita reubicar a
Kimbra.
Así que sí, tengo a la perra instalada en mi departamento de dos por dos, y aproveché para emplear a Papu (el papá de mi amiga Jimena, una de esas personas buenazas que agotaron toda su buena suerte en los primeros 25 años de su vida y ahora la tienen demasiado cuesta arriba) como paseador.
Dijo Madi, cuando le llevé a Crisis para que se quede con ella estos días: «Me imaginé que venía por ese lado».
Dijo L: «¡¿Qué hacés con la perra ahí?!»
Dijo Ale: «Ah, bueno, ya somos como una gran familia... DECIME QUE EL PERRO NO ES DE LUCÍA».
Dijo Florcha: Nada. Porque no le pienso contar directamente; me va a retar de acá a Navidad.
El tema es, hay antecedentes. Anoche pensaba en eso, en todo lo que ha cambiado en un año, y como estamos más o menos en la misma, igualmente. El año pasado, para el cumpleaños -veinte días después de cortarme-, Vico le regaló a Lu una hermosa perrita a la que le puso por nombre Zooey. Claro, el problema era dónde tenerla, porque ella todavía vivía con la mamá y faltaba por lo menos un mes para que le entregaran el departamento donde actualmente está. Así fue como Zo terminó quedándose más de una vez en casa.
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| Zooey, en brazos de Vi. No se puede ser tan linda. |
Dijo Gonza, una vez que vino a tomar mate a casa antes de entrar a la facu y me encontró con el uniforme del laburo todavía puesto y desinfectando el piso a brazo partido: «Vos sí que sos una amiga, Euge». Je, Gon. JE.
Lu a menudo pasaba por casa y hasta se quedaba a dormir, y así fue que se dio el primer contacto con Seba, quien vive en el piso de abajo y nos pasó una nota quejándose por los ruidos molestos (re: la televisión muy fuerte; no voy a reproducir el comentario que hicimos en ese momento al respecto de la queja). Sin embargo, en ningún momento se me ocurrió hacerlo para sacar ventaja de la situación. Después de un par de días me encariñé con la perrita (le decía bebi, cosa que hacía que su dueña se enojara bastante -la culpa la tenía ella misma, que había acostumbrado a Zo a que respondiera más a ese apelativo cariñoso que a su propio nombre-) y jugábamos bastante cuando nos quedábamos solas.
(Pero cuando en marzo -después de más de un mes sin contacto- Lu me dijo que la había regalado y le hice saber que me había dolido un poco que no me avisara, me contestó con toda sinceridad: «¿Por qué te iba a avisar?»)
Cuestión: Crisis se mudó temporariamente con Madi, y Kimbra se queda conmigo. La culpa de fletar al gordo no me la van a sacar ni tres kilos de chocolate Cadbury, pero bueno. Podemos probar, jeje.
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| La casa prefiere chocolate sin TACC |
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| Otras opciones: cupcakes. Sin ironías ni sarcasmo... |
Pero no todo es tan sencillo.
Primer acto
Lu me deja a la perra, me da las explicaciones que considera pertinentes y sentencia: «Pobrecita, cómo va a sufrir». Me muerdo la lengua para no contestarle «Gorda, es un perro», primero porque está a punto de llorar, segundo porque voy a sonar como mi mamá y tercero porque ella va a pensar que lo digo en tono derogativo, cuando en realidad lo que quiero decir es que los perros son más inteligentes que nosotros y se adaptan mucho mejor. Y menos mal que no lo digo, porque cuando salimos del departamento porque ella tiene que volver a cuidar al osito de peluche que está enfermo (es un osito, no le cabe otra descripción; lo mirás y te enternecés instantáneamente), Kimbra ladra y rasguña la puerta como si del otro lado la estuvieran achurando. La veo cerrar los ojos y es uno de esos momentos en que yo desearía poder abrazarla, pero si lo intento todo lo que voy a lograr es que me golpee.
Segundo acto
Vuelvo a subir, cuelgo la ropa que estaba lavando. Kimbra inspecciona sin romper nada, todo un logro. Nos disponemos a salir cuando me suena el teléfono. Lu. «Mamá quiere un juego de llaves de tu casa, así por ahí la saca a pasear ella, o la saco yo». Telón.
Tercer acto
Salimos. La idea es: 1) llevarle a Papu las llaves de casa, 2) que en el futuro Kim no me ensucie el departamento (sé que no lo va a hacer porque es super limpia, pero tampoco es cuestión de que sufra), y 3) que la perra se canse lo suficiente como para que duerma tranquila, a pesar de que Lu generalmente tiene el sueño cambiado y por lo tanto quizás también lo tenga la perra. No es la primera vez que salimos solas, por lo que no debería haber problemas. Error. La zona de mi casa es mucho más transitada que la de la casa de Lu, a pesar de que nos separan solo unas cuadras. Hay menos árboles con pasto alrededor y más perros callejeros. No es que Kim sea camorrera, o al menos no solo eso: no está castrada aun. Las primeras cuadras corto clavos, de puro perseguida. Por otro lado, me preocupa que los nervios del cambio puedan hacer que ella no llegue a, ejem, aprovechar la salida. Diez cuadras después (¡diez!) respiro aliviada. En fin. Llego al trabajo de Papu, toco timbre. Cuando sale él, la perra le salta como si no hubiera mañana. Tengo un mini paro cardíaco hasta que compruebo que no lo ensució; si llegaba a tener problemas en el trabajo por eso, me moría.
Sorteamos con éxito todos los obstáculos y llegamos a la plaza. Kimbra está feliz y yo también, por lo que cuando ella tironea porque quiere correr, yo apuro y la sigo al trote. A los treinta metros escucho claramente algo que en el momento se me antoja «un ladrillazo». La perra también lo escucha, y frena. Miro para atrás y se me va el aire. En la vereda de cemento, en setecientos dieciocho pedazos, está mi celular nuevo. Sí,
este. Que compré hace mes y medio. Junto los pedazos y no sé cómo llego a sentarme en un banco, cerca. Tengo esos cinco segundos tan míos en los que casi me largo a llorar ahí nomás y pienso mil cosas al mismo tiempo. La primera, que Lu va a querer saber cómo está la perra y no voy a tener cómo comunicarme con ella. Pongo la mente en blanco y me empiezo a reír: eso también es muy mío. Lo armo. Lo miro. Nada quebrado, pero tres esquinas están completamente limadas; el teléfono venía con defectos y este jueves pensaba ir a cambiarlo, pero eso ya no es una posibilidad. Si no prende, son $600 tirados a la basura. Bueno, ahí va mi sueño de un secarropas. Apreto el botón y... efectivamente, no arranca. Sin embargo, según L soy muy del campo y ahí tenemos una expresión: «seguidor como perro e' sulky». Así soy yo. Va de nuevo. Y prende, y vuelvo a respirar, aunque todavía no me animo a fijarme si anda todo. Eso queda para casa.
Regresamos casi corriendo. A modo de prueba, le escribo a Ale. «¿Querés que salgamos a caminar mañana a la mañana?» Cuando llega a la esquina de casa, a las 6 a.m., Kimbra y yo ya estamos listas. Como buena exagerada que soy, llevo polera, chaleco, pullover, campera, calzas y jean. Sin embargo, es un día hermoso.
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| Además de ser hermosa, es rapidísima para robar comida. Pero esa es otra historia... |